Confundir exceso con creatividad es moneda habitual en el cine reciente. LA MOMIA DE LEE CRONIN, producción de Universal Pictures que llega al universo del monstruo más antiguo del estudio, pertenece sin duda a esa categoría: un ejercicio de cuerpos lacerados y dentaduras arrancadas que, paradójicamente, termina produciendo el efecto contrario al deseado. En lugar de perturbar, termina hastiando.
Un legado monstruoso y una apuesta arriesgada
LA MOMIA es uno de los iconos más longevos del cine de terror universal. De la versión clásica protagonizada por Boris Karloff en 1932 a la aventura de acción con Brendan Fraser en 1999, pasando por el fallido intento de franquicia con Tom Cruise en 2017, el personaje ha tenido encarnaciones tan distintas como desiguales. Universal apostó esta vez por el director irlandés Lee Cronin, cuya EVIL DEAD RISE (2023) convenció a medio mundo de que el realizador tenía madera para el terror visceral de alto presupuesto. La elección no era descabellada: Cronin demostró en esa cinta un talento genuino para el caos corporal y la tensión familiar. El problema es que LA MOMIA DE LEE CRONIN reproduce los tics de su predecesora sin ninguna de sus virtudes narrativas, ampliando la duración hasta los 134 minutos con una confianza inversamente proporcional a su eficacia.
La maldición de la sobreexplicación
El punto de partida no carece de atractivo. Un periodista irlandés afincado en El Cairo, Charlie Cannon (interpretado por Jack Reynor), ve cómo su hija Katie desaparece misteriosamente después de ser captada por una presencia sobrenatural que la había estado seduciendo con dulces, en una inquietante imagen de depredación. Ocho años después, la niña reaparece dentro de un sarcófago que sobrevivió intacto al accidente de un avión en Nuevo México. Katie ha vuelto, pero algo incomprensible la habita.
Hasta aquí, la premisa funciona precisamente porque mantiene su opacidad. Cronin acierta cuando permite que la amenaza permanezca indefinida, cuando deja que la lógica del horror opere desde la sugerencia. Desgraciadamente, una porción excesiva del metraje está consagrada a un procedimiento de investigación sobrenatural que intenta desvelar, paso a paso y con explicación exhaustiva, de dónde vino la fuerza que posee a Katie. La detective May Calamawy, que aporta la mejor actuación de la película, queda atrapada en tramas de investigación que drenan la tensión en lugar de elevarla. El terror genuino no necesita actas policiales.
El cuerpo como campo de batalla sin emoción
Donde Cronin se siente más cómodo, y donde la película alcanza sus escasos momentos de vida real, es en el horror corporal. Katie, interpretada en su etapa adulta por Natalie Grace, es el centro físico del filme: su cuerpo se degrada visiblemente bajo el peso de la presencia que lo habita, con piel que se desprende en láminas, extremidades masticadas y una obsesión dental que llega a niveles casi absurdos. Hay una escena, particularmente lograda, en que el caos erupciona durante un velatorio, con escupitajos de sangre sobre huevos rellenos y vómito en copas de vino, un instante que remite al Peter Jackson de BRAINDEAD o al Sam Raimi de EVIL DEAD 2: sucio, desvergonzado y genuinamente divertido en su demencia.
El problema es que esos instantes son exactamente eso: instantes. El resto del tiempo, el gore se convierte en una acumulación mecánica que pierde su capacidad de impacto. Cuando todo es extremo, nada lo es. La fotografía, de paleta de alto contraste y sombría, no ayuda aportando una atmósfera particular: carece del poder evocador que el material exigiría, y esa obviedad visual contribuye a que la película se sienta más como un catálogo de efectos que como una experiencia cinematográfica cohesionada.
La oportunidad perdida del drama familiar
El corazón dramático que LA MOMIA DE LEE CRONIN jamás consigue latir es el de una familia enfrentada a la peor de las paradojas: la criatura que más aman es ahora la mayor amenaza para su supervivencia. Charlie y Larissa (interpretada con sobriedad por Laia Costa) deberían ser el eje emocional del relato, el contrapeso humano que dé peso y sentido a todo el espanto. No lo son. Cronin los trata como fichas de un tablero, como mecanismos para activar las siguientes secuencias de violencia. Reynor, actor con registros probados en otras producciones, aparece aquí en un estado de desapego tan extraño que resulta difícil determinar si es una elección deliberada del director o simplemente un desajuste entre el intérprete y el rol.
La joven Emily Mitchell, que encarna a la Katie de la primera parte antes de la posesión, y Billie Roy, como la hija pequeña Maud, aportan momentos de vulnerabilidad auténtica que contrastan con la frialdad general del conjunto. Son destellos de lo que la película podría haber sido si hubiera confiado más en sus personajes que en sus efectos.
Ritmo roto, montaje inconsistente
El principal defecto estructural de LA MOMIA es su incapacidad para encontrar un ritmo sostenido. El montaje, irregular y en ocasiones desconcertante, no consigue que las secuencias de investigación y las de terror corporal se alimenten mutuamente. En lugar de crear una escalada, la película avanza a sacudidas, con momentos de intensidad seguidos de tramos de explicación que la desinflan. A los 134 minutos, la sensación no es de haber visto demasiado sino de haber esperado demasiado para una explicación exigua. Es un problema de arquitectura narrativa que ninguna cantidad de vísceras puede resolver.
Cuando el horror no da miedo
LA MOMIA DE LEE CRONIN es una película que tiene los ingredientes técnicos para funcionar, y en la que brillan esporádicamente el talento de su realizador y la valentía de algunos de sus intérpretes. Pero la suma no alcanza a sus partes. Cronin intenta hacer dos películas a la vez, un thriller sobrenatural de investigación y un descenso al horror corporal más desatado, y no termina de comprometerse con ninguna de las dos. El resultado es un filme que agota sin estimular, que violenta sin perturbar y que olvida que el verdadero terror no reside en lo que se ve sino en lo que se siente.


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