Hay pocas provocaciones más eficaces en el cine contemporáneo español que proponer el convento como espacio de emancipación genuina. LOS DOMINGOS lo hace sin rubor, sin catequesis y sin condescendencia, y en eso reside buena parte de su fuerza.
La tercera película de la directora y guionista vasca Alauda Ruiz de Azúa llegó a la Sección Oficial del 73.º Festival Internacional de Cine de San Sebastián y se marchó con la Concha de Oro al Mejor Film, el galardón más alto del certamen. No fue un premio de cortesía: fue un reconocimiento a una obra que sabe exactamente lo que quiere decir y encuentra la forma cinematográfica precisa para decirlo.
La libertad no es lo que tú crees
Ainara tiene diecisiete años, vive en Bilbao, es inteligente, serena y afectuosa, y quiere pasar dos semanas en un convento para hacer un «viaje de discernimiento» con las monjas. Lo que sigue no es un thriller de sectas ni un melodrama de conversión religiosa: es un estudio implacable sobre quién tiene el derecho de definir la libertad ajena. Su padre Iñaki (Miguel Garcés) y su tía Maite (Patricia López Arnaiz) se autodenominan progresistas, laicos, liberadores. Sin embargo, ante la decisión de Ainara, ambos despliegan un arsenal de presiones, maniobras y subterfugios que no tendrían nada que envidiarle a cualquier institución que pretendan combatir. Ruiz de Azúa no necesita subrayar la ironía: la deja respirar sola, con una elegancia que resulta más incisiva que cualquier denuncia explícita.
El argumento central del film, que la libertad se ejerce y no se otorga, no se formula como tesis filosófica sino que emerge de situaciones concretas, domésticas, incluso cómicas en algunos instantes. Cuando Iñaki y Maite contemplan enviar a Ainara a Irlanda para que «experimente otras cosas» y descartan el destino porque «eso es demasiado católico, mejor Londres», la película alcanza una agudeza que pocas comedias de ideas se permiten. Y LOS DOMINGOS no es, formalmente, una comedia.
Bilbao, el convento y una familia en tensión
El entorno familiar que construye Ruiz de Azúa es de una densidad admirable en poco tiempo de metraje. La madre de Ainara murió hace años y su nombre es tabú en la casa. La abuela Lola, cariñosa y asustada, teme no volver a ver a su nieta favorita. La esposa de Iñaki permanece en un discreto segundo plano que el guion no llega a explotar del todo, quizá un recorte de montaje. Sobre este tejido de silencios, ausencias y lealtades mal gestionadas, Ainara se mueve con una calma que desconcierta precisamente porque no encaja en el molde de la adolescente rebelde ni en el de la fanática religiosa.
La película tiene el tino de retratar el convento como un espacio de paz y sensatez, habitado por personas razonables que no manipulan ni adoctrinan. Es una elección arriesgada en el contexto del cine europeo reciente, y Ruiz de Azúa la sostiene con rigor. El detalle de que la madre superiora lleva el teléfono móvil en la mano en todo momento genera una tensión pequeña pero reveladora: el convento no es un mundo de otro siglo, sino una opción contemporánea. Que esa opción resulte más sensata que el exterior agitado que la rodea es la apuesta más valiente del film.
Un guion de precisión quirúrgica
El trabajo de escritura de Ruiz de Azúa merece atención particular. En 115 minutos, LOS DOMINGOS mantiene el interés sin recurrir a giros artificiales ni a subtramas que inflen el metraje. Cada escena cumple una función dramática o temática, y con frecuencia ambas a la vez. La credibilidad del relato es uno de sus valores más sólidos: nada parece forzado, ningún personaje actúa de manera incoherente con su psicología establecida. La secuencia en la que Ainara permite que su relación con Mikel, un chico conocido en el coro, llegue a la intimidad física, está tratada con una delicadeza que evita tanto el morbo como el didactismo. La elección posterior de la protagonista no niega esa experiencia: la integra.
El humor, presente en dosis calibradas, no suaviza el film sino que lo tensiona. Las escenas de mayor peso emocional resultan más eficaces por contraste con los momentos de ironía doméstica que las preceden. Y el desenlace, descrito con justicia en algunas crónicas del festival como un golpe directo, llega sin avisar y se queda instalado con la pertinaz incomodidad de las preguntas sin respuesta fácil.
Las actuaciones: el alma del relato
Blanca Soroa, en el papel de Ainara, realiza uno de los trabajos interpretativos más notables que ha dado el cine español del año. La dificultad del rol reside en que Ainara no puede permitirse fisuras emocionales evidentes sin dejar de ser quien es: una joven de convicciones sólidas que no necesita convencer a nadie. Soroa lo resuelve con una contención que tiene más capas de las que aparenta. Su mirada hace el trabajo que los diálogos no necesitan hacer.
Patricia López Arnaiz, que obtuvo la Concha de Plata a la Mejor Actriz en la edición anterior del festival por su trabajo en «Sombras en el paraíso» de Pilar Palomero, confirma aquí que aquel galardón no fue un accidente. Su Maite es el personaje más complejo de la función: genuinamente amorosa, genuinamente equivocada, y capaz de provocar al mismo tiempo comprensión e irritación en el espectador. Es el tipo de actuación que no busca la simpatía del público y por eso la consigue. Garcés, por su parte, ofrece una versión del padre pragmático y torpe que evita el estereotipo gracias a momentos de vulnerabilidad bien dosificados.
La Iglesia en el cine español y europeo: una historia de agravios
El gesto de Ruiz de Azúa adquiere una dimensión adicional si se considera el contexto histórico y cinematográfico en el que se inscribe. La Iglesia católica tiene una relación precaria y negativa con el cine español y europeo reciente, sujeta a relatos negrolegendarios sobre la Inquisición o a la relación con la dictadura franquista, pero olvidando episodios sobre el nacionalismo independentista violento, o las cesiones a los gobiernos recientes. Las hermanas lujuriosas de «The Devils» de Ken Russell, la madre superiora adicta al LSD de «Entre tinieblas» de Pedro Almodóvar, las prioras sádicas de «Las hermanas de la Magdalena» de Peter Mullan: el convento como espacio de horror, represión o perversión ha sido un tópico prácticamente hegemónico.
Las excepciones son escasas. «Ida» de Pawel Pawlikowski (2013) es la más citada, aunque en ese caso la protagonista solo elige el convento en el último minuto de la película, tras haber experimentado la libertad exterior. LOS DOMINGOS hace algo diferente y más arriesgado: presentar la vocación religiosa como una elección coherente, informada y, en última instancia, más lúcida que las alternativas que le ofrecen quienes dicen querer liberarla. Que una directora vasca de 47 años, en pleno siglo XXI, decida reivindicar esa posibilidad sin caer en el proselitismo ni en la nostalgia es, por sí solo, un acto de valentía intelectual.
San Sebastián y el reconocimiento merecido
La Concha de Oro que LOS DOMINGOS se llevó del 73.º Festival de San Sebastián no sorprendió a quienes habían seguido su proyección en la Sección Oficial. El film reúne las condiciones que suelen distinguir a las obras premiadas en certámenes de esta envergadura: tiene algo que decir, lo dice con forma cinematográfica precisa, y lo hace sin condescender a su audiencia. Es, en ese sentido, un cine de madurez inhabitual.
No es, conviene advertirlo, una película reconfortante. LOS DOMINGOS no busca la aprobación del espectador ni le ofrece la satisfacción de un desenlace resuelto. Lo que ofrece, en cambio, es algo más duradero: la incomodidad productiva de quien sale de la sala con preguntas que no tenía al entrar. ¿Qué significa realmente liberar a alguien? ¿Puede la fe ser, en determinadas circunstancias, la opción más libre? ¿Quién tiene autoridad para decidir qué vida merece ser vivida? Son preguntas antiguas. Que una película española contemporánea las formule con esta elegancia y esta honestidad es motivo suficiente para prestarle atención. La justa y precisa que merece.



