Hace falta cierta temeridad para seguir invirtiendo fortunas en el género superheroico cuando el público lleva meses enviando señales claras de hartazgo. Los grandes estudios, sin embargo, persisten. La nueva apuesta de DC, SUPERGIRL, dirigida por Craig Gillespie, llega con todo el aparato industrial a pleno rendimiento: efectos digitales, acción a raudales, guiños de universo expandido y un mensaje de empoderamiento femenino envuelto en papel de regalo reciclado. El resultado es una película que no solo falla estrepitosamente, sino que consigue justo lo contrario de lo que pretende: parecer rematadamente antigua y desfasada.
El peso del legado kryptoniano
SUPERGIRL llega como parte del ambicioso relanzamiento del universo DC supervisado por James Gunn, con un presupuesto acorde a las exigencias del blockbuster contemporáneo y la responsabilidad de sentar las bases de una nueva continuidad. Gillespie, cuya trayectoria incluye trabajos de considerable mérito como Yo, Tonya , Cruella o Lars y una chica de verdad, acepta aquí el encargo de pilotar una maquinaria muy distinta a la que lo consagró. El guion es obra de Ana Nogueira, quien adapta material de los cómics de DC para construir una historia de origen tardío: Kara Zor-El, superviviente de Argo City y del planeta Kriptón, vive en una errancia espacial marcada por el trauma y el duelo, hasta que aparece la joven Ruthye para arrastrarla a una misión vengadora.
En el reparto, Milly Alcock encarna a la protagonista con una cierta energía que el material no acaba de encajar. Eve Ridley interpreta a Ruthye, la joven que busca venganza por el asesinato de sus padres a manos del pirata intergaláctico Krem, encarnado por Matthias Schoenaerts. El primo por excelencia, Superman, lo pone el ya conocido David Corenswet en varios flashbacks que sirven de contexto, y poco más.
Un feminismo de saldo
El problema más persistente de SUPERGIRL no es su acción genérica ni sus villanos de diseño, un calco de escenarios y momentos de la saga Star Wars batidos con otros de Mad Max, sino su insistencia en vender un feminismo y sororidad de primera línea con argumentos del siglo pasado. Casi una década después de que Wonder Woman abriera el debate sobre la representación femenina en el cine de superhéroes, y tras una ristra de películas que capitalizando ese discurso con resultados desiguales, SUPERGIRL sigue creyendo que basta con representar negativa y brutalmente a todos los personajes masculinos y sentir afinidad por los femeninos.
La heroína que escribe Nogueira es un arquetipo tan gastado como inútil al contexto: bebedora contumaz, sarcástica por defecto, luchadora sin contemplaciones. Rasgos de adolescente rebelde para justificar la estética del personaje, quizá lo único salvable, y que, según la lógica del relato, ocultan una vulnerabilidad interior que nunca se explora con honestidad ni en el inquebrantable amor a su perro. Es la fórmula de la «chica dura» confundiendo los bordes ásperos con la complejidad psicológica, y la pose desenfadada con el carisma verdadero. El personaje resulta, en suma, otro molde de «mujer fuerte» que no logra trascender su propia definición de manual. Super… nada.
Una dirección en piloto automático
Gillespie demostró con Yo, Tonya que sabe manejar personajes complejos, narración fragmentada y una puesta en escena con personalidad propia. Nada de eso aflora en SUPERGIRL, sometido a las exigencias del producto: secuencias de acción olvidables, un ritmo que avanza por la inercia del patrón narrativo elegido, e imágenes de biblioteca estándar CGI que roza lo sonrojante con el perro. Los flashbacks con Superman, concebidos para aportar el desarraigo de la protagonista y un contrapunto emocional y explicativo, son torpes y superfluos.
Detengámonos en Krypto, el perro de Supergirl. El animal está generado íntegramente por ordenador, y se nota. Vaya que si se nota. El estudio explicó que los movimientos básicos se capturaron a partir de un perro real, detalle que viene a subrayar la incapacidad completa del film: se invirtió en capturar la esencia orgánica del animal para luego envolverla en un acabado que la desnaturaliza por completo. En cierto modo, Krypto es la metáfora perfecta de toda la película: hay alguna intención en el fondo, pero el tratamiento industrial lo deja irreconocible.
El género que no aprende
SUPERGIRL es un desastre. Y es el segundo en este relanzamiento del universo DC para una nueva generación. Asegurar la franquicia está llevando al estudio a usar recetas simplonas aderezadas con las nuevas especias recogidas de la actualidad. Y esto no va remontar el cansancio del público con el género superheroico. La renovación de una saga, de un género, no se realiza con más acción, más efectos ni más guiños a las noticias. Se combate con personajes que respiren, con historias que tengan algo que decir más allá de sus propias secuelas, y con un feminismo que no sea una simple afirmación.
Y si tienen dudas, que repasen las adaptaciones de Batman.



