El género violento y la violencia de género
POSESIÓN INFERNAL: EN LLAMAS (EVIL DEAD BURN), la nueva entrega de una franquicia que ha demostrado ser tan imposible de matar como sus protagonistas, llega firmada por el director francés Sébastien Vanicek, conocido por el efectivo ejercicio de terror arácnido Infested (2023). El resultado es una película que destella en sus momentos más inventivos y se apaga en casi todo lo demás.
Del terror independiente al multiplex
La franquicia Evil Dead ha tenido una segunda vida sorprendentemente robusta. Tras el reboot de Fede Álvarez en 2013 y el notable Evil Dead Rise (2023) de Lee Cronin, Sony Pictures decidió apostar por una continuación que mantuviese el tono despiadado del capítulo anterior, contratando a Vanicek y al guionista Florent Bernard para escribir juntos el proyecto. EVIL DEAD BURN fue presentada en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF), donde ya generó debate por la intensidad de su violencia, y llega a los cines con el respaldo de una distribución masiva que contrasta con los orígenes artesanales de la saga original de Sam Raimi. Esa tensión entre el presupuesto de estudio y la vocación de cine extremo es, en buena medida, el núcleo del problema.
El horror de la familia política
El punto de partida argumental tiene cierto ingenio. Joseph (interpretado por Hunter Doohan) y su hermano Will (George Pullar) resultan ser nietos de un investigador que descubrió el único objeto capaz de destruir a los Deadites: una daga mágica. Cuando Joseph la encuentra, las criaturas demoníacas utilizan al violento y egocéntrico Will como caballo de Troya para infiltrarse en la familia entera, incluyendo al padre Edgar (Errol Shand), la madre Susan (Tandi Wright), la abuela Polly (Maude Davey) y la pareja de Will, Thya (Luciane Buchanan), que funciona como la protagonista moral del relato.
El guión de Vanicek y Bernard propone, con toda la seriedad del mundo, una lectura sobre la violencia doméstica y la complicidad familiar que la permite. Thya no solo debe sobrevivir a los Deadites, sino al abusador que fue Will y a la madre que lo encubrió sistemáticamente. Es una premisa que podría haber funcionado, y que en manos más precisas habría dotado a la brutalidad de peso emocional genuino. En cambio, la película parece más interesada en ilustrar el concepto que en desarrollarlo, convirtiendo el subtexto en texto subrayado con sangre.
Destellos de talento ahogados en gris
Vanicek demuestra tener ojo para el espectáculo cuando las circunstancias lo acompañan. La secuencia del automóvil, en la que cada elemento del vehículo, cinturones de seguridad, airbags, techo solar, reposacabezas, se convierte en instrumento de violencia, es un ejercicio de coreografía espacial que justifica por sí solo parte del precio de la entrada. Un plano secuencia en el comedor y una pelea aérea en el vestíbulo demuestran que el director sabe construir set pieces con lógica física y escalada dramática. El problema es que estos momentos de inventiva quedan sepultados entre decisiones que desconciertan.
La más sorprendente es la apuesta cromática: la película ha sido procesada hasta alcanzar una densidad que olvida su original cualidad casi festiva, especialmente en la representaciones sangrientas, que aparecen aquí en tonos tan oscuros que transforma su impacto expresivo. Quizá sea por las representaciones de las llamas como temática estética dada en el título, pero el resultado la hace transitar hacia otro género alejado de sus precedentes.
El legado de Raimi y la lección mal aprendida
La trilogía original de Raimi nunca fue inocente ni suave, pero sí tenía algo que EVIL DEAD BURN ha perdido completamente: la conciencia de su propio ridículo. Ash Williams y su motosierra operaban en un universo que reconocía el absurdo de sus propias convenciones y lo celebraba con una mueca. Evil Dead Rise recuperó parte de esa crueldad sin humor, y lo hizo con suficiente eficacia narrativa para resultar perturbador antes que agotador. Vanicek y Bernard, en cambio, parecen haber tomado el sadismo de aquella película como modelo sin entender que era el resultado de una coherencia interna, no la causa.
La influencia declarada del terror francés, con ecos evidentes de Alta tensión y Martyrs, resulta aún más reveladora. Esas películas eran ejercicios de rigor formal; su violencia era inseparable de su arquitectura. EVIL DEAD BURN toma las imágenes sin el andamiaje, y el resultado es el de un músico que ha aprendido los solos de guitarra sin entender la canción.
CINECRÍTICO RECOMIENDA:
Posesión infernal
Dir.: Sam Raimi

Las actuaciones, sin heridas graves
Es en el trabajo actoral donde la película encuentra su terreno más sólido. Souheila Yacoub construye una protagonista física y emocionalmente comprometida, capaz de transitar entre el horror doméstico y el sobrenatural sin que ninguno de los dos registros le resulte ajeno. Errol Shand aprovecha con inteligencia una cara que comunica amenaza antes de pronunciar una sola palabra, especialmente en las escenas previas a su transformación completa, cuando el duelo y la posesión se mezclan de forma ambigua.
El trabajo más matizado corresponde a Tandi Wright, que construye entre líneas el retrato de una madre cuya lealtad ciega al hijo abusador es, en el fondo, otra forma de violencia. Es un personaje que el guión no termina de sostener, pero Wright lo habita con una convicción que trasciende el material.
Cuando ciertas decisiones técnicas no ayudan
Si la fotografía casi traslada de género el film, la edición no lo salva. Los cortes a veces llegan inadecuadamente cuando las escenas no son esas piezas medidas donde el editor está muy condicionado. Y el uso de la cámara lenta en momentos clave enfatiza innecesariamente lo que el encuadre o la imagen ya comunica. La partitura es funcional y estridente en el peor sentido posible: ni aporta, ni se recuerda.
Los efectos visuales del tercer acto, donde la película escala hacia un clímax que exige más de lo que el presupuesto puede ofrecer, son el punto de quiebre definitivo. En una saga que siempre ha tenido una relación honesta con sus limitaciones técnicas, la decisión de apostar por efectos digitales de calidad cuestionable resulta especialmente paradójica, ya que invocan inmediatamente a los de cierta película muy célebre de hace más de 30 años.
Para los amantes de la saga
EVIL DEAD BURN se ve con cierto interés que no radica en su trama, a pesar de la actualización con la violencia de género, sino en la creatividad de sus secuencias cruentas. Y por eso puede resultar frustrante, ya que los ingredientes no terminan de hilvanar el plato. Sus mejores momentos recuerdan por qué esta franquicia sigue viva décadas después de aquella cabaña original; los peores, hacen pensar en el agotamiento y desvío de la fórmula.
La próxima entrega en producción, EVIL DEAD WRATH, tendrá la oportunidad de corregir el rumbo. La franquicia ha sobrevivido a cosas peores. EVIL DEAD BURN ha ardido con demasiado humo y hasta llamas, pero poca luz.



