Ser Spider-Man nunca fue gratis, ya conocen la famosa frase sobre el poder y la responsabilidad, pero SPIDER-MAN: BRAND NEW DAY propone algo más perturbador que cualquier villano con poderes cósmicos: ¿qué queda de una persona cuando se borra lo que lo hace humano?
La cuarta entrega del Spider-Man de Tom Holland arranca donde No Way Home dejó las cosas rotas, y tiene la honestidad de no fingir que ese dolor no pesa. El problema es que, cada vez que encuentra el valor para quedarse con esa incomodidad, algo, ya sea una aparición estelar gratuita o una secuencia de acción de compromiso, lo detiene. El resultado es una película más interesante que satisfactoria, más prometedora que completa.
El hombre detrás de la máscara (o lo que queda de él)
El guion de Chris McKenna y Erik Sommers, veteranos de las entregas anteriores, parte de una premisa con genuina densidad emocional. Peter Parker borró su existencia de la memoria colectiva, incluida la de M.J. (Zendaya) y Ned (Jacob Batalon), para salvar el multiverso. Ahora convive con esa decisión en la soledad más absoluta: patrulla Nueva York de día y ve los reels de Ned en el sofá de noche, vigilado a distancia por la detective DeWolff (Liza Colón-Zayas), que reconoce en él los síntomas del aislamiento severo. La pregunta que se lanza con más inteligencia que respuestas es si, al eliminar los vínculos afectivos que definen a Peter, la araña coloniza al hombre. Es una idea con raíces literarias, el monstruo que emerge cuando se suprimen los lazos sociales, y se explora con algo de valentía antes de domesticarla en el tercer acto.
El villano principal, capaz de saltar de cuerpo en cuerpo, funciona como trasunto identitario del propio Peter: ambos son entidades que habitan cuerpos ajenos, sin terminar de pertenecer a ningún lugar. Frank Castle, el Castigador, The Punisher, (Jon Bernthal), aparece para fruncir el ceño y añadir unos gramos de la violencia adulta que al protagonista no se le permite sin que su presencia aporte mucho salvo el beneficio del cruce franquiciado. Florence Pugh, en otro cameo sin sustancia, ilustra el problema estructural del MCU: la necesidad de poblar cada historia con piezas del tablero mayor a costa de diluir la historia presente.
Cretton y el arte de cambiar el registro
Destin Daniel Cretton, director reconocido por la crítica con Short Term 12 (2013), un ejercicio de contención emocional en entornos de acogida juvenil, y que después dirigió Shang-Chi y la Leyenda de los Diez Anillos para Marvel, aporta a BRAND NEW DAY una sensibilidad dramática que distingue esta entrega de sus predecesoras. El humor adolescente de las películas de Jon Watts casi desaparece, y esa elección afecta al ritmo, a la selección musical y a cómo la cámara aborda a los personajes. En este sentido, la elección de Cretton puede no ser un detalle menor y marcar una veta para próximas entregas.
Sin embargo, lo que podría aportar se ve interrumpido con el requisito contractual del entretenimiento y la acción, que se cumple con desgana y poca originalidad. El enfrentamiento con el Escorpión (Michael Mando) resulta inocuo, y la escena con Bruce Banner, Hulk, (Mark Ruffalo), que debería ser uno de los momentos potentes, con dos hombres que luchan por controlar y compartir su propia naturaleza, no termina de aterrizar. Cretton se desenvuelve mejor cuando no hay facturas que pagar para la taquilla multitudinaria, en los silencios incómodos entre personajes, y termina revelando la tensión irresoluble entre el tipo de película que quería hacer y el tipo de película que Marvel necesita.
Un reparto que sostiene lo que el guion debilita
Holland sorprende ofreciendo aquí su mejor trabajo en la saga. Más liberado de la necesidad de ser gracioso o de fingir que todo está bien, logra construir un Peter Parker que carga el peso del sacrificio con una madurez no habitada en entregas anteriores. Su interés como actor parece mayor ante el conflicto interno que ante los retos externos de Spider-Man, y se nota en pantalla: hay escenas de quietud emocional donde Holland sostiene la cámara con una densidad genuina.
La química entre Holland y Zendaya sigue siendo el motor afectivo y publicitario más fiable de la franquicia, aunque aquí la actriz interpreta una versión menor de M.J. al no recordar nada de lo compartido. Jacob Batalon cumple su función de alivio cómico con oficio, pero es Sadie Sink quien representa la incorporación más significativa. Su personaje es un espejo temático de Peter: otra variación sobre el coste del poder extraordinario, la responsabilidad y el trauma no procesado. Sink, conocida por Stranger Things, repite registros pero también muestra una dimensión nueva en la misma orientación que la ya comentada sobre el realizador que, si se concreta, podría ser exactamente el tipo de cambio que el MCU necesita.
El problema del MCU tardío: construir en lugar de contar
Todo ello conduce al síntoma que deja BRAND NEW DAY: lo que se narra parece más interesado en lo que pueda venir que en lo que es ahora mismo. Los mejores filmes del universo cinematográfico Marvel lograban ser simultáneamente autónomos y conectivos, tanto capítulo como relato completo. BRAND NEW DAY, con sus más de dos horas y veinte minutos de metraje, no lo logra.
Esto no es un problema nuevo en el MCU, pero pesa más en un filme que tiene las herramientas temáticas para superarlo. La pregunta sobre qué le ocurre a un héroe cuando pierde su humanidad es suficientemente poderosa para sostener una película entera. Que BRAND NEW DAY no se fíe del todo de esa pregunta, y la diluya con tramas secundarias y apariciones diseñadas para el tablero mayor del universo, es la decisión creativa más costosa del proyecto.



