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Leyendo: Crítica ANATOMÍA DE UN ASESINATO
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Crítica ANATOMÍA DE UN ASESINATO
Críticas

Crítica ANATOMÍA DE UN ASESINATO

Manuel Rivero
Última actualización: 09/05/2026 18:51
Manuel Rivero
Manuel Rivero
PorManuel Rivero
Cinéfilo de vocación, crítico por afición. Una película es buena si consigue lo que pretende.
Publicado: 09/05/2026
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Dicen que nos incomoda la verdad por su crudeza, pero ANATOMÍA DE UN ASESINATO prefiere algo aún más incómodo: demostrar que la verdad, en un tribunal, es completamente irrelevante. Lo que importa es el relato más convincente. Lo que se premia es la habilidad narrativa, no la honestidad. Otto Preminger filmó esta obra en 1959 con la frialdad de un anatomista y la astucia de un abogado de la defensa, y el resultado sigue siendo uno de los retratos más lúcidos y perturbadores que el cine clásico de Hollywood haya producido sobre el sistema judicial.

Contents
Preminger y la distancia calculadaJames Stewart contra su propia imagenEl tribunal como escenario del deseoEl jazz como conciencia moralUn clásico sin red de seguridad

La película se basa en la novela homónima publicada en 1958 por Robert Traver, seudónimo del juez de Michigan John D. Voelker, quien basó la historia en un caso real que él mismo defendió. Esa doble autenticidad, la jurídica y la literaria, impregna cada escena: los procedimientos son exactos, los dilemas son reales y la incomodidad es intencional. Columbia Pictures distribuyó el filme tras la producción independiente de Preminger bajo su propio sello, con un presupuesto modesto que el director compensó con elecciones formales precisas, incluyendo el rodaje parcial en la Península Superior de Michigan, donde transcurre la historia.

Preminger y la distancia calculada

La firma visual de Preminger en ANATOMÍA DE UN ASESINATO es la del distanciamiento sistemático. El director austríaco, formado en el teatro de Reinhardt y templado en décadas de Hollywood, rechaza el subrayado emocional. Sus planos son largos, sus cortes son escasos y su cámara observa con una neutralidad que resulta, paradójicamente, más inquietante que cualquier juicio de valor explícito. No hay música que nos diga cuándo sentir angustia. No hay primer plano que nos susurre en quién confiar.

La fotografía de Sam Leavitt, en un blanco y negro de altísimo contraste, construye la sala de juicio como un espacio de rituales más que de justicia. Las sombras sobre los testigos, la luz plana sobre el juez, el encuadre que coloca al acusado siempre ligeramente fuera del centro: todo apunta a una arquitectura del poder que Preminger observa sin denunciar, dejando que el espectador saque sus propias conclusiones. Esta estrategia formal de no intervención es, en sí misma, una toma de posición radical.

James Stewart contra su propia imagen

James Stewart lleva al personaje de Paul Biegler, abogado rural en declive, al territorio más incómodo de su carrera. El actor que encarnó a Jefferson Smith y a George Bailey construye aquí un hombre que sabe, con casi total certeza, que su cliente probablemente es culpable, que su coartada de «impulso incontrolable» es una construcción jurídica antes que un diagnóstico médico, y que su trabajo consiste en ganar el caso, no en establecer la verdad. Stewart lo interpreta sin redención, sin escena catártica, sin el gesto final que justifique sus métodos.

Frente a él, George C. Scott debuta en el cine con una ferocidad controlada que prefigura todo lo que haría después. Su fiscal Claude Dancer es brillante, despiadado y, en ciertos momentos, tiene la razón moral de su lado, lo que complica enormemente la lectura del filme. Ben Gazzara, como el teniente Manion, el acusado de matar al supuesto violador de su esposa, mantiene una opacidad perturbadora durante todo el metraje: nunca sabemos si siente culpa, amor o simple impunidad. Lee Remick, como Laura Manion, construye un personaje que el guion sitúa en la encrucijada entre víctima y provocadora, y que la actriz resuelve con una ambigüedad que se niega a dejar satisfecho a ningún bando.

El tribunal como escenario del deseo

Una de las dimensiones más sofisticadas de ANATOMÍA DE UN ASESINATO, y la que causó mayor escándalo en su estreno en 1959, es su tratamiento explícito de la sexualidad como materia judicial. El guion de Wendell Mayes introduce términos como «violación», «esperma» o «pantys» en los diálogos de sala, algo sin precedentes en el Hollywood de la época, que aún operaba bajo el Código Hays en sus últimos estertores. El juez del film (interpretado por Joseph N. Welch, abogado real que había protagonizado las audiencias del Senado contra el senador McCarthy, otro guiño de Preminger) admite los términos con exasperada ecuanimidad.

Pero más allá del escándalo superficial, lo que Preminger y Mayes analizan es cómo el cuerpo femenino se convierte en el verdadero territorio en disputa durante el juicio. La violación de Laura Manion es simultáneamente el crimen que justifica el homicidio, la prueba que debe demostrarse y la fuente de sospecha sobre la propia víctima. El film no resuelve la cuestión, no absuelve ni condena a Laura: la deja suspendida en la misma ambigüedad que al acusado, exponiendo así el mecanismo por el que la justicia muchas veces juzga a la víctima antes que al perpetrador.

El jazz como conciencia moral

La decisión de encomendar la banda sonora a Duke Ellington no fue un capricho estético. En 1959, el jazz era un género asociado en el imaginario cultural blanco y conservador con la noche, la transgresión y la ambigüedad moral. Al abrir el filme con los créditos sobre la silueta sincopada de un cuerpo, y al dejar que el piano de Ellington recorra el metraje con su mezcla de elegancia y tensión sincopada, Preminger establece desde el primer fotograma que esta no es una película de certezas. El propio Ellington aparece brevemente en pantalla, otro gesto de Preminger hacia la visibilidad que, en 1959, tenía implicaciones más allá de lo musical.

La partitura no subraya las emociones de los personajes: las bordea. Cuando Biegler toca el piano en su cabaña, no es un momento de intimidad edificante sino de evasión, de un hombre que prefiere la música a las preguntas que debería hacerse. El jazz funciona aquí como correlato objetivo de la película entera: brillante en la superficie, con corrientes oscuras debajo, y deliberadamente reacio a resolverse en una tonalidad reconfortante.

Un clásico sin red de seguridad

ANATOMÍA DE UN ASESINATO fue un éxito comercial considerable para Columbia Pictures, recaudando en torno a los 6 millones de dólares en su estreno estadounidense sobre un presupuesto de poco más de dos millones, y cosechó siete nominaciones al Oscar, incluyendo mejor película, director y actor principal para Stewart, aunque no ganó ninguna (el año en que triunfó Ben-Hur era difícil competir). La recepción crítica fue unánimemente entusiasta, aunque parte de la prensa conservadora se concentró en el escándalo del vocabulario más que en la profundidad del análisis.

Lo que hace al filme verdaderamente clásico, en el sentido más exigente del término, es su negativa a ofrecer ninguna red de seguridad moral. Al final del juicio, cuando se conoce el veredicto, la película no cierra ninguno de los interrogantes reales: no sabemos si el teniente Manion mató con premeditación, no sabemos si Laura mintió, no sabemos si Biegler siente algo parecido a la culpa. Lo que sí sabemos, con escalofriante precisión, es cómo funciona una sala de juicio: como un teatro donde gana el mejor actor, no el que dice la verdad.

Más de seis décadas después de su estreno, ANATOMÍA DE UN ASESINATO no ha perdido ni un gramo de su acidez. En un momento cultural en que los juicios mediáticos proliferan y la narrativa pública sobre los crímenes se construye con las mismas herramientas que Preminger disecciona, el filme resulta más pertinente que nunca. No como documento histórico, sino como diagnóstico vigente.

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Críticas de cine y reseñas de películas. Más de dos décadas escribiendo críticas de cine con entusiasmo por el séptimo arte.
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