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Críticas

Crítica FLOW

Manuel Rivero
Última actualización: 24/06/2026 00:56
Manuel Rivero
Manuel Rivero
PorManuel Rivero
Cinéfilo de vocación, crítico por afición. Una película es buena si consigue lo que pretende.
Publicado: 24/06/2026
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FLOW prescinde de las palabras porque cualquier diálogo habría sido un insulto a la inteligencia de sus espectadores. La segunda película animada del director letón Gints Zilbalodis es una de esas rarezas del cine contemporáneo que llegan sin pedir permiso y se instalan en la memoria con la misma naturalidad con la que el agua inunda una ciudad abandonada.

Contents
Un mundo sin palabras ni humanosLa cámara como quinto pasajeroUn estilo visual entre lo real y lo pictóricoEl diseño sonoro y la partitura como lenguaje invisiblePequeños dioses en un barco a la derivaUna epopeya con presupuesto de fábulaEl agua que todo lo trae y todo se lleva

Un mundo sin palabras ni humanos

El punto de partida de FLOW es tan sencillo como perturbador: un gato negro de ojos enormes habita un bosque del que los humanos han desaparecido. No se explica cómo ni por qué, y esa elección narrativa es, en sí misma, una declaración de intenciones. Zilbalodis no está interesado en el relato de la catástrofe sino en lo que ocurre después, cuando la naturaleza comienza a recuperar el terreno que le fue arrebatado. El agua sube, lo inunda todo, y el gato se ve obligado a abandonar su aislamiento cómodo para subirse a un velero donde ya viaja un capibara somnoliento. A él se irán sumando un perro labrador de energía desbordante, un ave secretaria de porte aristocrático y un lémur imprevisible y oportunista.

La ausencia de diálogo no es un truco de autor ni un ejercicio de estilo vacío. Es la condición indispensable para que el film funcione como fábula universal. Ningún idioma lo habría hecho más accesible que el silencio. En ese sentido, FLOW recupera algo que el cine de animación clásico conocía bien y que la industria contemporánea ha ido olvidando: que la imagen en movimiento ya comunica estados emocionales complejos sin necesidad de subtítulos sentimentales.

La cámara como quinto pasajero

Uno de los grandes logros técnicos de FLOW es su trabajo de cámara, diseñado para simular la impredecibilidad de lo real dentro de un entorno completamente sintético. Zilbalodis, que comenzó su carrera animando en solitario con el software de código abierto Blender, ha desarrollado un lenguaje visual que imita los reflejos de una cámara física: leves ajustes de enfoque, movimientos que siguen a los personajes con una suerte de curiosidad orgánica, tomas largas que acompañan a las criaturas desde el agua hasta la cubierta del barco sin cortes que delaten el artificio.

El resultado es una paradoja fascinante: la animación, que por definición es el arte del control absoluto, consigue transmitir la sensación de que los eventos ocurren de forma espontánea ante nosotros. La cámara no ilustra la acción, la habita. Hay secuencias, especialmente aquellas que transcurren bajo el agua o durante las tormentas, donde la fluidez del movimiento alcanza una dimensión casi hipnótica. Y cuando una ballena cruza nadando entre los escombros de lo que fueron calles de una ciudad, la combinación de escala y silencio produce uno de esos momentos que justifican por sí solos la existencia de una película.

Un estilo visual entre lo real y lo pictórico

Conviene aclarar desde el principio lo que FLOW no es: no es el hiperrealismo estéril que Disney ha empleado en sus recientes adaptaciones de sus clásicos animados, donde la fidelidad fotográfica mata cualquier rastro de magia. Los personajes de FLOW tienen una calidad gráfica estilizada, casi pictórica, que queda especialmente visible en la forma en que la luz interactúa con los colores de sus cuerpos. Los entornos, en cambio, alcanzan una densidad visual extraordinaria: la vegetación exuberante, la arquitectura semisumergida y la textura cambiante del agua tienen una riqueza de detalle que oscila entre lo onírico y lo tangible.

Esta tensión deliberada entre el diseño estilizado de los personajes y el tratamiento casi realista de los escenarios no es una inconsistencia, sino una elección expresiva: los animales son arquetipos, figuras que encarnan cualidades humanas sin pretender ser humanos; el mundo que los rodea, en cambio, es concreto, físico, amenazante. Esa separación visual refuerza el carácter de fábula sin sacrificar la inmersión emocional.

El diseño sonoro y la partitura como lenguaje invisible

En una película sin diálogo, el diseño sonoro adquiere una responsabilidad narrativa que en otros contextos recaería sobre el guion. FLOW lo sabe y lo explota con una precisión admirable. El sonido del agua, en sus múltiples variantes, funciona casi como un personaje adicional: el goteo, la corriente, el impacto de las olas contra el casco del velero construyen un paisaje acústico que el espectador percibe de manera visceral.

La partitura, compuesta por el propio Zilbalodis junto al músico Rihards Zaļupe, opera desde un minimalismo estratégico que sabe cuándo retirarse para dejar que el silencio trabaje. No es una banda sonora que subraya las emociones porque no confíe en que el espectador las perciba por sí solo, sino una partitura que acompaña sin interferir, que tensiona sin manipular. En los momentos de mayor quietud contemplativa, su ausencia es tan significativa como su presencia.

Pequeños dioses en un barco a la deriva

El verdadero tema de FLOW no es el apocalipsis climático, aunque lo contiene. Es la distancia entre el individualismo y la comunidad, y aún más importante, entre la comunidad y el colectivismo, así como los dolorosos pero necesarios caminos que separan unos de otros. El gato protagonista, acostumbrado a la soledad y a la autosuficiencia, aprende que la supervivencia exige ceder algo de uno mismo. Esa tensión se expresa sin grandilocuencia: en el roce de hocicos como gesto de reconocimiento, en el acto de compartir alimento, en la decisión de proteger a un recién llegado a costa del propio bienestar.

Zilbalodis evita en todo momento la antropomorfización fácil. Sus animales no actúan como humanos disfrazados de animales. Se comportan con una lógica propia que el director respeta y desde la que, sin embargo, extrae resonancias profundamente humanas. La secuencia onírica en la que el gato contempla una manada de ciervos es uno de los momentos más genuinamente poéticos del cine de animación reciente, y la escena que aborda la muerte de uno de los personajes, tratada con una belleza visual que no elude la gravedad del momento, es sencillamente una de las más notables de cualquier película estrenada en esta década.

El lémur, el personaje más ambiguo del grupo y en muchos sentidos el más humano en sus mezquindades ocasionales, protagoniza uno de los gestos más cargados de significado del film: al descubrir un espejo de mano entre los objetos abandonados por los antiguos dueños del barco, hace muecas frente a él, afirmando una suerte de conciencia de sí mismo, para luego compartir ese descubrimiento con los demás. Es una metáfora sobre la conciencia y la empatía que Zilbalodis construye sin didactismo, con la confianza de quien sabe que su imagen habla por sí sola.

Una epopeya con presupuesto de fábula

El contexto de producción de FLOW es tan notable como el film mismo. Zilbalodis comenzó el proyecto prácticamente en solitario, trabajando con Blender. La película fue producida por su propio estudio, Dream Well Studio, con una financiación que incluyó apoyo del Centro Nacional de Cine de Letonia y co-producción con estudios franceses y belgas (Sacrebleu Productions y Take Five), lo que permitió ampliar el equipo sin perder la visión autoral del director. Con un presupuesto que se estima en torno a los tres millones de euros, una cifra irrisoria para los estándares de la animación digital de larga duración, FLOW compite visualmente con producciones que multiplican ese presupuesto por veinte o por cincuenta.

El film se presentó en la Sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2024, donde ganó el Premio del Jurado Ecuménico, y posteriormente se llevó el Gran Premio del Festival de Animación de Annecy, el galardón más prestigioso del sector. Letonia lo seleccionó como su candidata al Óscar a la Mejor Película Internacional, que terminó ganando. Su trayectoria en festivales ha sido la de una película que genera consenso allí donde se proyecta, lo cual, en el panorama actual de la crítica cinematográfica, fragmentada y frecuentemente polarizada, no es un logro menor.

El agua que todo lo trae y todo se lleva

FLOW es una película sobre la adaptación al cambio, sobre la fluidez como forma de vida: las tormentas pasan, el agua baja, y lo que fue salvador para unos se torna mortífero para otros. Zilbalodis enmarca su film entre dos imágenes de animales contemplando su propio reflejo en el agua, y esa simetría no es un capricho formal sino la columna de todo lo que ocurre en el medio. Ver el propio reflejo es constatar que uno existe, que ocupa un lugar en el mundo, y que sólo desde esa conciencia es posible extender la mirada hacia lo que puede venir y hacia los demás.

FLOW hace exactamente lo contrario de lo que el público espera del cine de animación: desafía, contempla, calla cuando otros hablarían y habla sólo si el silencio no es suficiente. Es la clase de película que recuerda por qué el cine sigue siendo tan entretenimiento como arte.

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Críticas de cine y reseñas de películas. Más de dos décadas escribiendo críticas de cine con entusiasmo por el séptimo arte.
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