Park Chan-wook construye mundos enteros dentro del encuadre. Su última película, LA ÚNICA OPCIÓN, lo confirma con una claridad que trae a la memoria en cada secuencia la escena que le hizo famoso: la pelea a martillazos a lo largo de un pasillo en OldBoy.
Un maestro que sabe dónde poner la cámara
Una secuencia a mitad del filme resume mejor que cualquier argumento este talento singular. El protagonista, anti-héroe interpretado por Lee Byung-hun, se dispone a cruzar una línea de la que no hay retorno: apunta a un hombre dormido y sube el volumen de la música para amortiguar el disparo. El hombre despierta. Lo que sigue es una discusión absurda sobre si ese mismo hombre atiende o no los consejos de su esposa, de la que sabemos que le es infiel, mientras una canción pegadiza inunda el sonido. Y entonces aparece la esposa, justo cuando oye a su marido defenderla. La secuencia, incluida la pelea física que la remata, funciona como una obra autónoma: un prodigio de actores, ritmo, violencia y escritura impredecible bloqueados en el encuadre.
Westlake, Costa-Gavras y el fantasma de la IA
LA ÚNICA OPCIÓN adapta The Ax, la novela de Donald Westlake publicada en 1997, que ya había sido llevada al cine por Costa-Gavras en 2005 en una coproducción europeo-canadiense de notable frialdad política, a él le dedica el filme. Park no compite con esa versión: la reinventa desde sus propias obsesiones y la ancla en un presente radicalmente distinto. No parece casualidad que el cineasta coreano haya elegido esta historia precisamente ahora, cuando los titulares sobre destrucción de empleo a manos de la inteligencia artificial se acumulan semana tras semana. Man-su es un ejecutivo de una empresa papelera que es despedido en una reestructuración. Al comprender que el mercado laboral lo aplastará, decide eliminar a su competencia, literalmente, uno a uno, para quedarse con el único puesto disponible. La premisa es atroz. La ejecución, deliciosamente perturbadora. Park convierte lo que podría haber sido una parábola bienintencionada sobre el desempleo en algo más corrosivo: una radiografía de cómo el sistema económico contemporáneo empuja a individuos razonables hacia actos irreparables, y de cómo esa lógica, una vez asumida, resulta escalofriantemente coherente desde dentro.
La comedia negra como arma crítica
Uno de los logros más notables de LA ÚNICA OPCIÓN es su gestión del tono, terreno en el que Park ha demostrado históricamente una habilidad casi sobrenatural. El filme arranca con una ligereza casi burlesca y va oscureciéndose de forma gradual pero inexorable. Hay un momento en que el espectador cae en la cuenta de que esto lo firma el mismo hombre que hizo Sympathy for Mr. Vengeance y la celebrada Oldboy, y que la risa que acaba de soltar quizás no era del todo inocente. Park no tiene miedo de encontrar humor en el lado más sombrío de la naturaleza humana, y eso lo coloca en una tradición cinematográfica exigente que va de Kubrick a los primeros Coen. Pero LA ÚNICA OPCIÓN también es, posiblemente, una de sus películas más furiosas: una disección sin piedad de cómo la identidad construida sobre el trabajo y el estatus, puede fracturarse cuando el corporativismo retira el suelo bajo los pies de quien creía haberlo ganado todo. Algo tiene que ceder. Y lo que cede es la moral. Porque, aunque en la familia del protagonista se describen, y el espectador percibe, varios talentos que les podrían hacer subsistir, la única opción viable para el protagonista, he aquí la ironía, es la de mantener el status social corporativo, no el capitalista.
Lee Byung-hun: el equilibrista
Hablar de LA ÚNICA OPCIÓN sin dedicar un espacio central a su protagonista sería una injusticia. Lee Byung-hun, conocido internacionalmente por El juego del calamar y I Saw the Devil, entrega aquí una actuación francamente subestimada debido al tipo de película que es. El rol exige una combinación de ingredientes que raramente se dan juntos: desesperación, inteligencia, orgullo roto, humor involuntario y una simpatía que el actor mantiene activa incluso cuando el personaje hace lo indefendible. Hay demasiadas formas en que este trabajo podría haber fallado, deslizándose hacia el melodrama, hacia la caricatura o hacia una frialdad excesiva. Y Lee no cae en ninguna de esas trampas. Su personaje es un hombre que comprende a la perfección lo que está haciendo, que sabe que está actuando por miedo, y que esa lucidez, lejos de paralizarlo, lo hace más peligroso y más humano al mismo tiempo. La química con Son Ye-jin, que borda el papel de la esposa con una gran generosidad actoral, añade una capa emocional que ancla el filme en algo más que el ejercicio de estilo que sus detractores podrían querer ver.
La imagen al servicio del caos
Park colabora en LA ÚNICA OPCIÓN con el director de fotografía Kim Woo-hyung, y el resultado visual es de una coherencia plástica atroz que logra combinar la ostentación con la precisión. Cada composición refleja el estado interior de Man-su, sus ilusiones de orden en medio del descontrol, su intento de mantener el control de un mundo que se le escapa. Los planos iniciales del hogar familiar, aparentemente perfecto, con sus hijos y sus perros y su jardín impoluto, tienen algo de catálogo publicitario que no es accidental: Park construye primero la imagen del sueño burgués para luego desmantelarla pieza a pieza con una crueldad milimétrica. Cuando las nubes de tormenta aparecen en el horizonte durante la celebración familiar, el símbolo es torpe solo en apariencia: Park lo sabe, lo usa de todas formas, y la ironía está en que funcione igualmente. Cierto es que en su premisa anidan trazas de la celebrada Parasite de su compatriota Bong Joon-ho, pero lo que en allí se tornó en panfleto marxista a la orden del gusto de Cannes, aquí berrea libertariamente.
Un cine incómodo y necesario
Park consolida con esta cinta una etapa tardía de su carrera marcada por una ambición temática sin concesiones y una maestría técnica sin restricción. Es una película incómoda, salvaje, libérrima, inquietantemente detallista y deliberadamente antipática hasta en su metraje. Porque Park no pregunta al espectador qué haría en lugar del protagonista; lo sabe y se lo escupe a la cara. La pregunta que le lanza es cuánto va a tardar en entenderlo.



