Hay películas que se conducen solas, valga la redundancia. Joseph Kosinski lo sabe mejor que nadie: con Top Gun: Maverick demostró que una maquinaria de entretenimiento bien calibrada puede emocionarnos sin necesidad de grandes ideas. Con F1 intenta repetir la hazaña, y lo consigue a medias. El resultado es un espectáculo formidablemente construido que vuela a 300 kilómetros por hora hacia ninguna parte en particular.
El piloto y su doble
Brad Pitt interpreta a Sonny Hayes, un veterano piloto que abandonó la Fórmula 1 hace treinta años tras un accidente devastador y que sobrevive corriendo en circuitos menores, durmiendo en su furgoneta y comiendo sándwiches de mantequilla de cacahuate. Cuando su antiguo rival Rubén Cervantes (Javier Bardem) lo recluta para salvar al modesto equipo APXGP, Sonny acepta con la resignada elegancia de quien no tiene nada que perder, o quizás sí: la última oportunidad de demostrar que todavía importa.
La elección de Pitt para este papel no es casual ni inocente. El actor atraviesa uno de los momentos más complicados de su vida pública, con titulares dominados más por la finalización del acuerdo en su tormentoso divorcio que por sus películas. En F1, como antes en Babylon y en Wolfs, Pitt construye un personaje que parece un comentario velado sobre su propia situación: el hombre talentoso, curtido y fuera de moda que insiste en que aún tiene algo que ofrecer. El problema es que esta autorreferencia, por genuina que sea, no alcanza para convertir a Sonny Hayes en un personaje de verdadera complejidad. Es un símbolo, no un ser humano.
Producción y contexto: dinero en movimiento
F1 es, ante todo, un acontecimiento industrial. Apple Original Films y Warner Bros. respaldaron el proyecto con un presupuesto estimado en torno a los 300 millones de dólares, lo que la convierte en una de las producciones más caras de la historia reciente del cine. Para justificar semejante inversión, Kosinski y el productor Jerry Bruckheimer (cuya sombra planea sobre cada fotograma con la misma insistencia que en los años noventa) obtuvieron acceso sin precedentes a los circuitos y paddocks de la Fórmula 1 real, rodando en Silverstone, Monza, Las Vegas y Abu Dabi durante los fines de semana de carrera. El equipo ficticio APXGP compartió pit lane con Ferrari, Mercedes y McLaren; el director de fotografía Claudio Miranda diseñó cámaras especiales que se instalaron en monoplazas reales conducidos por Pitt, quien se sometió a un riguroso entrenamiento para alcanzar velocidades creíbles.
La asociación con la FIA y con Liberty Media, propietaria comercial del campeonato, garantizó autenticidad visual pero también impuso límites narrativos no escritos. F1 no cuestiona nada del ecosistema que tan generosamente abrió sus puertas. No hay corrupción, no hay política interna, no hay crítica al modelo de negocio de un deporte donde un equipo como el ficticio APXGP sería engullido en semanas por la realidad financiera del paddock. La película es, en parte, un publirreportaje de lujo para un campeonato cuya popularidad, impulsada por la serie documental Drive to Survive, no deja de crecer.
Velocidad sin destino: la estructura narrativa
El guion de Ehren Kruger, coautor también de Top Gun: Maverick, establece el conflicto con eficiencia casi brutal. En los primeros veinte minutos conocemos a Sonny, a Rubén, al joven y arrogante Joshua Pearce (Damson Idris), y a la directora técnica Kate McKenna (Kerry Condon). Las piezas están sobre el tablero antes de que terminemos de acomodarnos en la butaca. El problema es que, una vez establecidas, esas piezas se mueven exactamente donde uno espera que se muevan.
F1 comparte ADN narrativo con Un domingo cualqiera de Oliver Stone: el veterano blanco de escuela antigua que debe sacar lo mejor de un talento negro joven y egocéntrico. La dinámica tiene potencial dramático genuino, pero Kosinski y Kruger no se atreven a explorar su lado más incómodo. Sonny nunca es cuestionado seriamente. Consigue el respeto del equipo sin mayor resistencia, flirtea discretamente con Kate sin consecuencias narrativas, y navega hacia el desenlace con la tranquilidad de quien sabe que la película está de su lado. Joshua, pese a la magnética presencia de Idris, queda reducido a obstáculo temporal y espejo en el que Sonny puede verse reflejado. El testigo generacional que la historia promete nunca se entrega del todo.
La pista como escenario: cinematografía y montaje
Donde F1 se vuelve verdaderamente irresistible es en las secuencias de carrera. Miranda, oscarizado por Vida de Pi, desarrolló un lenguaje visual propio para este proyecto: cámaras situadas dentro del habitáculo, a nivel del asfalto, pegadas a los neumáticos y suspendidas sobre el alerón trasero. La experiencia resulta físicamente intensa, como si el espectador ocupara el asiento del copiloto en un vehículo sin copiloto. Las imágenes vibran, se distorsionan con el calor y el g-force, y transmiten de manera convincente la sensación de que el mundo exterior existe únicamente como una serie de amenazas que pasan a doscientos metros por segundo.
Stephen Mirrione, editor de larga trayectoria junto a Soderbergh y Iñárritu, orquesta las secuencias de acción con una elegancia que evita la fragmentación caótica tan habitual en el cine de acción contemporáneo. Los adelantamientos tienen geometría, tienen consecuencias, tienen peso. Cuando Sonny decide ir «por lo alto» en una curva imposible, el montaje nos permite comprender la maniobra antes de exaltarnos con ella. Es cinematografía al servicio de la comprensión, no del mero aturdimiento.
Zimmer al volante: la banda sonora
La partitura de Hans Zimmer merece mención especial, no tanto por su originalidad, que tampoco es su virtud más destacada en este caso, sino por su integración funcional en el conjunto. Zimmer construye una música percusiva, casi mecánica, que imita el ritmo del motor y convierte el sonido del cine en una extensión del sonido de la carrera. Hay momentos en que resulta difícil distinguir dónde termina el rugido del motor y dónde comienza la orquesta, y esa ambigüedad es precisamente el objetivo. La música no describe emociones: las genera directamente en el sistema nervioso del espectador.
La selección de canciones preexistentes, sin embargo, es más irregular. La apertura con «Whole Lotta Love» de Led Zeppelin establece el tono de épica anacrónica que la película persigue, pero algunas elecciones posteriores resultan demasiado obvias, como si la película desconfiara de su propia capacidad para generar emoción sin el apoyo de canciones reconocibles.
Una carrera entre generaciones: el reparto
Pitt está cómodo en el papel, quizás demasiado. Su Sonny Hayes tiene esa clase de aplomo cinematográfico que solo da la experiencia, pero la comodidad conspira contra la vulnerabilidad. Tom Cruise, con quien inevitablemente se le compara en el contexto de Top Gun: Maverick, posee la extraña capacidad de fundirse con sus personajes hasta el punto de que su imagen pública y su imagen en pantalla se vuelven indistinguibles de manera emocionalmente operativa. Pitt mantiene siempre una distancia irónica, una elegancia que impide el entusiasmo completo del espectador.
Idris es la revelación más estimulante de la película. Su Joshua Pearce tiene una energía eléctrica que hace olvidar las limitaciones del guion: hay escenas en que su sola presencia física reequilibra la dinámica de poder que el texto le niega. Condon, brillante en Aftersun y en la saga Bourne, hace lo que puede con un personaje que existe principalmente para admirar a Sonny y explicar términos técnicos. Bardem, por su parte, ofrece el calor y el humor necesarios para que el filme no se tome demasiado en serio, aunque su personaje desaparece de la trama con una facilidad que delata las prioridades del guion.
El precio del espectáculo
F1 no tiene la poesía melancólica de Le Mans, ni el existencialismo polvoriento de Días de trueno, ni la masculinidad vulnerable de Ford v Ferrari. Es una película más cercana al cine de estadio de Oliver Stone: ruidosa, musculosa, espectacular y superficial con plena conciencia de su superficialidad. Dentro de esos parámetros, cumple con holgura y a ratos con brillantez.
Sus 156 minutos no se arrastran: vuelan, tal como promete su premisa. Que al final del trayecto uno no recuerde exactamente a dónde fue, ni por qué le importaba llegar, es quizás el precio inevitable de un cine que ha elegido la velocidad como su único argumento y su mayor virtud. Algunos espectadores lo considerarán suficiente. Otros, al salir a la luz del día, sentirán que han asistido a una demostración de ingeniería perfecta a la que le faltó un conductor dispuesto a tomar riesgos de verdad.




Cine de palomitas dentro de la campaña de promoción en USA de la F1 de la que forma parte Apple que se ha quedado con los derechos de retransmisión allí
Por supuesto, a los aficionados a este campeonato le chirriarán muchas cosas de la película mostradas de forma tan simple y accesible
Así es. Como expresó recientemente Harrison Ford en un discurso, el cine es tan arte como industria. No hay película que no nazca de una premisa económica antes que artística, porque el cine es un artefacto muy caro de construir y muy difícil de rentabilizar. Y como dijo el mismo Ford, cuando ambas cosas suceden, arte y entretenimiento industrial, el resultado es admirable. Quizá F1 no sea una de ellas, pero es un espectáculo bastante digno para un público muy amplio.