Limpiar retretes públicos en Tokio nunca había parecido tan cercano a la iluminación. Y esta frase, que podría sonar a ironía, no lo es en absoluto cuando uno sale de ver DÍAS PERFECTOS, la película con la que Wim Wenders, a sus 78 años, entrega quizás su obra más quieta y, con toda probabilidad, una de las más sabias de su extensa trayectoria. El director nacido en Düsseldorf siempre ha encontrado en el viaje un método de conocimiento, pero aquí el viaje es interior, circular y deliberadamente repetido. La epifanía, si llega, no viene de la carretera sino del mismo trecho recorrido cada mañana.
Producción y contexto: Japón como destino inevitable
DÍAS PERFECTOS nació de un encargo singular: la fundación The Tokyo Toilet, iniciativa respaldada por empresas japonesas como Nippon Foundation, solicitó a Wenders que filmara los exclusivos baños públicos de diseño que se construyeron en el distrito de Shibuya para los Juegos Olímpicos de 2020. Lo que pudo haber sido un ejercicio publicitario de prestigio se convirtió, en manos del alemán, en algo de naturaleza muy distinta. La película se produjo con un presupuesto modesto, en coproducción japonesa y alemana, rodada íntegramente en Tokio con un equipo local y un guión escrito junto al japonés Takuma Takasaki. El resultado llegó a Cannes en mayo de 2023, donde Koji Yakusho se llevó el premio a Mejor Actor, y más tarde representó a Japón en los Premios Oscar, donde recibió una nominación como Mejor Película Internacional. El reconocimiento no es accidental: Wenders había visitado Japón en los años ochenta para rodar el documental «Tokyo-ga», un homenaje explícito a Yasujiro Ozu, y esa fascinación no ha abandonado su mirada en cuatro décadas.
La liturgia de lo ordinario
Hirayama, el protagonista interpretado por Yakusho, se despierta cada mañana antes del amanecer, dobla su futón con precisión monástica, riega sus plantas con devoción callada, compra una lata de café frío en la máquina expendedora de la esquina y conduce su furgoneta hacia los baños de Shibuya mientras introduce un casete en el reproductor del salpicadero. Come solo. Lee por las noches, generalmente literatura anglófona. Fotografía los árboles con una cámara analógica. Se acuesta. Repite. Lo extraordinario de DÍAS PERFECTOS es que esta repetición no aburre ni adormece al espectador, sino que lo hipnotiza en el sentido más limpio del término: cada variación mínima sobre el tema adquiere el peso de un acontecimiento. Wenders, con plena consciencia, construye una película en la que «no pasa nada» y en la que, sin embargo, sucede todo.
Este dispositivo narrativo entronca directamente con el concepto japonés de «kodawari», esa adherencia obsesiva pero serena al detalle y al oficio bien hecho, y con el de «mono no aware», la melancolía dulce ante la fugacidad de las cosas bellas. Wenders no necesita citar estas nociones en ningún cartel explicativo: las encarna en cada plano.
Ozu como brújula estética
El cinematógrafo Franz Lustig trabaja aquí en perfecta sintonía con las aspiraciones estéticas de Wenders. La cámara se sitúa en posiciones bajas, casi a ras del suelo, en un guiño inequívoco al «tatami shot» que Ozu popularizó para capturar la vida japonesa desde dentro de su propia gravedad. Los encuadres son estáticos o de movimiento mínimo, y la luz natural de Tokio, esa luz que cambia con la transparencia peculiar de las copas de los árboles en los parques de Shibuya, se convierte en el verdadero protagonista de muchas secuencias. Hay una escena en la que Hirayama levanta la mirada hacia el follaje y la cámara lo acompaña en ese gesto de contemplación: es quizás el momento más sencillo y más hermoso de toda la película. Lustig no busca la belleza de postal sino la belleza de lo que está ahí, disponible para quien sabe mirar.
Los sueños de Hirayama merecen mención aparte. Rodados en blanco y negro, en colaboración con Donata Wenders, fotógrafa y esposa del director, estos fragmentos oníricos poseen una textura radicalmente distinta al resto del film: son impresiones más que relatos, destellos de un interior que la vigilia mantiene celosamente cerrado. La decisión de trabajar en blanco y negro para el material onírico no es un recurso caprichoso, sino una coherencia poética: los sueños de Hirayama existen en un tiempo diferente, anterior o paralelo, y el blanco y negro los sitúa fuera del presente que el protagonista cuida con tanto esmero.
El sonido como memoria: los casetes y el canon invisible
La banda sonora de DÍAS PERFECTOS es, en sentido estricto, una colección de objetos: casetes comprados en un mercadillo, reproducciones de una cultura analógica que Hirayama preserva con la misma dedicación con que cuida sus plantas. The Animals, The Velvet Underground, The Kinks, Nina Simone, Van Morrison. Cada tema tiene una función dramática precisa, aunque la película no subraya ninguna de esas funciones con énfasis. «Sunny Afternoon» de The Kinks resuena de manera especialmente significativa para quien conozca la filmografía de Wenders: el grupo ya aparecía en «El amigo americano», donde el personaje de Bruno Ganz tarareaba en su taller otra canción del grupo durante uno de sus días imperfectos. La elección de la música en casete tampoco es inocente: un colega más joven de Hirayama se burla levemente de ese fetichismo analógico, y la película reconoce la potencial afectación del gesto sin por ello desautorizarlo. La diferencia entre el coleccionismo como pose y la fidelidad como filosofía de vida está, como siempre, en la autenticidad de quien lo practica.
Yakusho: el silencio que habla
Koji Yakusho lleva décadas siendo uno de los actores más versátiles del cine japonés, conocido internacionalmente desde que Masayuki Suo lo dirigiera en «Shall We Dance?» en 1996. En DÍAS PERFECTOS entrega una actuación que convierte el minimalismo en su herramienta más poderosa. Hirayama no es un hombre de grandes discursos ni de explosiones emocionales: es una presencia, un cuerpo que ocupa el espacio con una densidad particular, una mirada que comunica más en sus silencios que en sus escasas palabras. Yakusho construye el personaje desde detalles casi microscópicos: la manera en que sujeta el volante, la ligera inclinación de cabeza cuando escucha hablar a alguien, la sonrisa que aparece y desaparece con la rapidez de algo que uno no debería ver. El premio de Cannes fue tan merecido como infrecuente: es el tipo de actuación que los premios suelen pasar por alto precisamente porque parece fácil.
El peso invisible del pasado
Aquí es donde DÍAS PERFECTOS se vuelve más interesante de lo que sus detractores le conceden. Hay críticos que han encontrado en la película una mirada edulcorada hacia una existencia que, en sus coordenadas materiales, sería objetivamente precaria. La objeción es legítima hasta cierto punto: Wenders filma los baños de Shibuya como si fueran instalaciones de arte contemporáneo, y en cierto modo lo son, pero esa elegancia formal podría entenderse como una evasión de las condiciones reales del trabajo de limpieza en Japón o en cualquier otra parte del mundo.
Sin embargo, la película introduce de manera discreta pero consistente una serie de grietas en esa superficie serena. La tolerancia casi ilimitada que Hirayama muestra hacia su joven y algo irresponsable colega Takashi roza la auto-anulación. La aparición inesperada de su sobrina adolescente introduce una incomodidad familiar que la película no desarrolla del todo pero que tampoco disuelve. Y cuando la hermana de Hirayama llega a recoger a la muchacha, el diálogo entre los dos sugiere con claridad que nuestro protagonista proviene de un mundo de mayor privilegio económico, un mundo del que se ha apartado de manera deliberada y quizás irreversible. La chica, Niko, le pide prestado un libro de relatos de Patricia Highsmith, y le dice después que le ha impresionado especialmente «The Terrapin». La película no cuenta al espectador de qué trata ese relato, pero importa saberlo: es la historia de un niño que, tras ver a su madre hervir una tortuga viva, apuñala a la mujer hasta matarla. La violencia latente de esa referencia literaria bajo la superficie de una película sobre la serenidad no parece casual. ¿Qué está expiando Hirayama con su vida de austeridad meticulosa? ¿De qué, o de quién, huye?
Wenders no responde. Tampoco es obligatorio que lo haga. El misterio es parte del diseño, y el espectador que recuerde el pasado turbio del enmarcador de «El amigo americano» o el nihilismo de los protagonistas de «En el curso del tiempo» entenderá que en el universo del director alemán la redención nunca es gratuita y la paz nunca es gratis.
La serenidad como acto de voluntad: ¿aceptación o complacencia?
El debate crítico más relevante que ha generado DÍAS PERFECTOS gira en torno a la distinción entre aceptación y complacencia. Para algunos, la actitud de Hirayama, y por extensión la de la película, representa una idealización políticamente evasiva de la resignación: un hombre que podría reclamar algo diferente y ha decidido no hacerlo. Para otros, entre quienes quien escribe se incluye, esa lectura confunde la quietud elegida con la quietud impuesta. Hirayama no parece alguien a quien la vida le ha pasado por encima: parece alguien que ha decidido activamente cómo quiere vivir, y que defiende esa decisión con una firmeza que no necesita alzar la voz. La distinción es filosóficamente crucial y la película la sostiene con inteligencia, sin resolverla, precisamente porque no tiene solución universal.
Lo que sí resulta innegable es que DÍAS PERFECTOS funciona como una meditación sobre el presente como único tiempo habitable. Hirayama no fantasea ni lamenta, o al menos no lo hace mientras está despierto. Es una postura que en otro director, con otra película, podría resultar irritante en su perfección programada. Aquí, gracias a la honestidad de la puesta en escena y a la complejidad que Yakusho deposita en cada gesto, resulta genuinamente conmovedora.
La sabiduría del final de trayecto
La película que nos entrega Wenders responde a lo visto en otros cineastas a su edad. No se trata de una obra de vejez cansada sino de vejez lúcida, de un director que ha destilado décadas de búsqueda formal y temática en algo esencial, limpio de ornamentos innecesarios. La película recaudó cifras discretas en taquilla internacional, lo que era esperable para una propuesta de estas características, pero su circulación en festivales y plataformas ha sido sostenida y su influencia sobre el debate cinematográfico fue notable. Es una película que deja poso y no se olvida con facilidad.
Por ese motivo, DÍAS PERFECTOS no es para todo el mundo, y Wenders lo sabe. Es una película que exige del espectador la misma disposición que Hirayama le exige a su propia vida: presencia, paciencia y la voluntad de encontrar significado en lo pequeño. Para quien pueda darle eso, la recompensa es considerable. Para quien no, hay otras películas. No mejores, necesariamente. Simplemente más ruidosas.



