Damian McCarthy lleva tres largometrajes y su tono ya es reconocible. HOKUM, su primer proyecto bajo el sello de Neon y continuación espiritual de Caveat y Oddity, confirma que el director irlandés no estaba tanteando el terreno con sus primeras obras: estaba construyendo los cimientos de algo mayor. El resultado es una de las películas de terror más precisas de los últimos años, una pieza que cita a El resplandor y a Los inocentes sin deberles nada en particular.
El tercer acto de un cineasta en construcción
McCarthy debutó en 2020 con Caveat, una producción de presupuesto mínimo que ya revelaba una capacidad inhabitual para generar angustia con recursos escasos. Le siguió Oddity, donde afinó su interés por el horror rural irlandés y la idea de que la violencia del mundo real puede invocar consecuencias sobrenaturales. HOKUM retoma esas obsesiones, pero con mayor seguridad narrativa y una escala de producción superior gracias al respaldo de Neon, la distribuidora americana que ha apostado consistentemente por el cine de género de autor. Lo notable es que ese respaldo no ha domesticado a McCarthy: HOKUM suena cara donde debe y permanece austera donde el silencio funciona mejor que el dinero.
La premisa es deliberadamente sencilla: Ohm Bauman, escritor célebre de ficción terrorífica, viaja a un hotel remoto en Irlanda para depositar las cenizas de sus padres junto a un árbol que aparece en una fotografía de su madre, tomada décadas atrás en su luna de miel. Padre alcohólico, madre fallecida en circunstancias trágicas: las heridas son las de siempre, pero McCarthy las presenta sin subrayar. El detalle más revelador llega cuando Ohm coloca con cuidado los restos de su madre bajo el árbol y luego vacía los de su padre con el gesto mecánico de quien cumple un trámite. Treinta segundos de imagen sin diálogo que valen por cualquier escena de exposición.
Un antihéroe en su propio infierno
Adam Scott entrega aquí el trabajo más complejo de su carrera, lo que no es una afirmación menor para un actor que ha demostrado su versatilidad tanto en comedia como en drama. Su Ohm Bauman está modelado en el arquetipo del escritor torturado que Stephen King ha convertido en territorio personal, pero McCarthy y Scott evitan la trampa de la simpatía fácil. Ohm es irritable, egocéntrico y moralmente ambiguo: hay una escena en la que desprecia a un aspirante a escritor y la película no lo presenta como un gesto excéntrico sino como lo que es, una crueldad mezquina. El mérito de Scott es que habita esa antipatía sin disculparse por ella, y convierte el miedo creciente de su personaje en algo que se siente ganado, no impuesto por el género.
McCarthy entiende que los personajes que actúan bien por razones equivocadas son dramáticamente más ricos que los héroes convencionales, y HOKUM explota esa tensión hasta el final. En algún momento, tanto el espectador como el propio Ohm se preguntan si este hombre merece el infierno al que se dirige. Y ahí está su riqueza.
La imagen como arquitectura del miedo
El director de fotografía Colm Hogan, que ya había trabajado con McCarthy en Oddity, rechaza el virtuosismo exhibicionista: no hay movimientos de cámara diseñados para impresionar, ni grúas donde basta una toma fija. Hogan construye el horror a través del encuadre, el espacio negativo y las sombras. La cámara adopta con frecuencia el punto de vista subjetivo de Ohm, lo que convierte cada corredor oscuro en una pregunta que el espectador comparte con el personaje: ¿qué hay ahí delante?
La decisión de ambientar casi toda la película en el hotel permite a Hogan desarrollar una gramática visual coherente para cada espacio. Las habitaciones comunes tienen una luz fría y funcional; la Suite Nupcial, ese territorio vedado donde supuestamente habita la bruja, es fotografiada con una oscuridad que no se disuelve del todo ni cuando las luces están encendidas. Es el tipo de cinematografía que trabaja sobre el inconsciente del espectador sin que este lo note hasta que ya es demasiado tarde para resistirse.
El montaje como respiración del horror
El montaje de Brian Philip Davis es uno de los elementos más subestimados de la película y merece reconocimiento explícito. La crítica tiende a celebrar el montaje en términos de velocidad y volumen, reservando sus elogios para las secuencias de acción donde los cortes se cuentan por segundo. Pero el arte de montar una película de terror exige una inteligencia diferente: saber cuánto tiempo sostener un plano antes de que la incomodidad se vuelva insoportable, cuándo cortar para liberar tensión y cuándo prolongarla hasta que el espectador olvide respirar.
Davis y McCarthy construyen HOKUM como una casa de muñecas encantada: pocos espacios, pero explorados con una precisión que hace que cada variación resulte significativa. La película no es un ejercicio de lentitud contemplativa, pero tampoco agrede al espectador con sobresaltos continuos. En cambio, alterna entre imágenes de impacto genuino y atmósferas de pavor sostenido, con una fluidez que hace que la transición entre ambos estados resulte casi invisible. Hay secuencias en HOKUM que figurarán entre las más intensas del año, y su efectividad no depende de efectos especiales sino de este trabajo invisible de ritmo y tempo.
Folk horror sin ironía ni distancia
El título mismo de la película funciona como un guiño irónico que la película luego desmonta. «Hokum» en inglés significa engaño, cuento, palabrería sin sustancia: exactamente lo que muchos pensarían de las leyendas sobre brujas irlandesas que pueblan el imaginario rural del país. McCarthy elige ese título para establecer un desafío implícito: ¿vas a seguir pensando que esto es hokum cuando termines de verla?
Su aproximación al folk horror es radicalmente sincera. Donde otros directores del género mantienen una distancia irónica o seudointelectual respecto al material folclórico, McCarthy lo trata como lo que es: una acumulación de siglos de experiencia humana codificada en forma narrativa. Las brujas irlandesas de HOKUM no son metáforas de la represión patriarcal ni alegorías del trauma colectivo, aunque el film contiene ambas lecturas. Son, ante todo, brujas. Y el film insiste en que descartarlas como superstición tiene consecuencias. Esta honestidad con el material diferencia a McCarthy de contemporáneos como Oz Perkins o Zach Cregger, directores talentosos que en ocasiones parecen más interesados en la sofisticación conceptual que en el terror visceral. McCarthy quiere las dos cosas, y en HOKUM las consigue.
La promesa cumplida
El cine de género produce regularmente a cineastas que parecen destinados a grandes cosas y que, tras una o dos películas prometedoras, se disuelven en la mediocridad de los encargos o repiten indefinidamente la misma fórmula. McCarthy lleva tres largometrajes y ninguna de estas trampas lo ha atrapado. HOKUM no es Oddity con más presupuesto, ni Caveat con actores más conocidos: es una película que solo podría existir en este momento específico de su carrera, cuando el talento ha madurado lo suficiente para ejecutar con precisión lo que antes era solo intuición.
El trabajo de Adam Scott garantiza que HOKUM llegue a audiencias más amplias que las anteriores obras del director, y sería justo que así fuera. Esta no es una curiosidad del género, sino uno de los títulos que puede definir como será el próximo cine de terror. Y Neon parece que está en ello.



