Cine con minutero
Tiempo que va hacia atrás, el tiempo como venganza, la ilusión del tiempo, el tiempo que sueña con el tiempo, el tiempo como dimensión, el tiempo como drama. Todo en la filmografía de Christopher Nolan gira alrededor del tiempo.
Este ingeniero de la narración cinematográfica lleva urdiendo hace unos años una serie de películas inexcusables para cualquier cinéfilo que se precie de serlo. En ellas, en sus guiones, en sus imágenes, están las semillas del cine que ya se hizo y del que ha de venir.
Dunkerque es una de esas obras ineludibles. Otro artefacto minucioso sobre el uso del tiempo en el cine y la dramatización de las historias, del encauzamiento de las emociones. Otro reloj de precisión sobre la historia de una batalla: la de 400.000 soldados atrapados en un playa sin transporte y cercados por el enemigo.
Empieza la cuenta atrás. Nolan se ajusta su lupa de relojero. Acción.
Cartel y fotos
Crítica
Dunkerque ajusta tres historias que suceden en secuencias temporales diferentes hasta desembocar exactamente en el mismo momento: la semana que dura la espera de unos soldados ingleses en una playa sin salida, el día de viaje de los civiles que fueron a rescatarlos en sus embarcaciones y la hora de vuelo de uno de los pilotos de los Spitfires derribando alemanes en el canal de La Mancha. Una semana, un día, una hora.
La música de Hans Zimmer truena en la pantalla poniendo el reloj de Nolan en el corazón del espectador, martilleando su cabeza para trasladarle la tensión del personaje, la acción de la secuencia. En Dunkerque se habla poco, muy poco, casi nada. Pero se entiende todo.
Se entiende el miedo de los jóvenes soldados, perdidos, atrapados en una playa a la que llegan desde una iglesia encuadrada por dos mástiles, una cárcel metafórica a cielo abierto donde la condena es el olvido, el abandono de su patria, la miseria en forma de frío y hambre retratado en siluetas negras, anónimas, sobre el gris arenoso de la ventosa playa. Miles de destinos al albur de la marea.
Una obra que asombrará durante mucho tiempo por la precisión de su funcionamiento, como fascina mirar el mecanismo de un reloj en marcha
Se entiende el pánico del soldado que ve impotente como la embarcación que lo ha rescatado vuelve camino del horror del que se salvó. Y la compasión de quién pilota esa chalupa sabiendo que lo que allí se defiende es algo más que una batalla. Es una razón de ser.
Se entienden las dudas de un piloto a bordo de su avión de combate. Las ráfagas de miedo entre los disparos hechos y recibidos. El valor y el honor mordidos por el instinto de supervivencia. La vida pegada a un manojo de aparatos, agujas de medición y circuitos eléctricos. La pulcritud del deber en medio del océano vacío y el silencio.
Dunkerque cambia la estructura de muñecas rusas de Origen (2010) por el mecanismo de un reloj donde la rueda mayor, el desalojo de la playa, desencadena el movimiento de decenas de ruedas pequeñas, las historias particulares de sus protagonistas.
Dunkerque es una obra que asombrará durante mucho tiempo por la precisión de su funcionamiento como fascina mirar el mecanismo de un reloj analógico en marcha. Y que emociona por cómo maneja la decantación de sus espacios temporales hasta escuchar el último tic-tac de Zimmer sobre las palabras de Churchill.



