David Robert Mitchell lleva años demoliendo el sueño americano desde adentro. Lo hizo con el sexo adolescente y el miedo sobrenatural en IT FOLLOWS, con el noir delirante y la paranoia masculina en UNDER THE SILVER LAKE, y ahora lo hace con la idealización de la clase media norteamericana de los años 80. THE END OF OAK STREET es, en apariencia, una película de criaturas prehistóricas; en realidad, es una disección feroz y divertidísima de la suburbia como construcción ideológica, del hogar como ficción compartida y del instinto humano de mirar hacia adentro cuando el mundo se derrumba afuera. Que todo esto suceda mientras un Spinosaurus destroza cercas blancas y un Tropeognathus sobrevuela calles de casas idénticas no es un detalle menor: es exactamente el punto.
El paraíso que nunca existió
Desde su debut THE MYTH OF THE AMERICAN SLEEPOVER, Mitchell ha construido una filmografía obsesionada con la podredumbre oculta bajo la superficie de los vecindarios tranquilos. El suburbio, en su cine, no es un refugio, es la ilusión de un refugio, un acuerdo entre sus habitantes para no mirar demasiado de cerca lo que hay debajo del césped perfecto, como hizo David Lynch en BLUE VELVET. Pero THE END OF OAK STREET lleva esta idea a otra conclusión: si la violencia ya estaba latente en ese paraíso artificial, ¿qué diferencia hay en que ahora tome la forma de un dinosaurio hambriento?
El guion, firmado por el propio Mitchell, sitúa la acción en Flowervale, un suburbio residencial bañado por una fotografía de claridad radiante que hace que todo parezca demasiado luminoso para ser verdad. Esa elección estética no es casual: la saturación cromática funciona como una señal de alarma disfrazada de postal. Cuando los dinosaurios irrumpen en la noche y la familia Platt despierta en un tiempo que no le corresponde, el film no cambia de tema, ni siquiera de estética; simplemente hace visible lo que siempre estuvo ahí, pero más frondoso.
La familia Platt y sus fracturas
Los protagonistas de esta pesadilla prehistórica son Denise (Anne Hathaway) y Greg (Ewan McGregor), un matrimonio que se dirige hacia la disolución con la discreción biempensante de quienes llevan demasiado tiempo fingiendo que todo está bien, sobre todo ante sus hijos Audrey (Maisy Stella) y Brian (Christian Convery). Mitchell presenta a los Platt como una unidad familiar que ya estaba rota cuando llegaron los dinosaurios, lo cual es una decisión dramática inteligente: el apocalipsis no va a crear sus conflictos, sólo los expone.
La estructura, que avanza centrándose en cuál miembro de la familia necesita ser rescatado en cada momento, puede parecer repetitiva a primera vista. Pero Mitchell la defiende con solvencia: el ritmo reproduce la lógica de quienes se aferran a la rutina para no pensar en la crisis. Se desayuna lo mismo, haya dinosaurios o no. ¿No es así como funciona un barrio residencial? ¿No es más fácil convencerse de que las cosas «allá afuera» no son tan graves mientras uno y sus cuatro paredes estén a salvo? La forma del film es también su argumento.
Una gramática nueva para el cine de dinosaurios
Además de estar producida por Bad Robot, la compañía de JJ Abrams cuyo empeño en perpetuar la caligrafía de Steven Spielberg en sus películas emblemáticas de los 80 ya nos ha dejado perlas como SUPER 8, Mitchell añade la audacia de no rendir demasiados homenajes al acervo del cine de dinosaurios, sino que busca lo inédito en él. No hay personaje boquiabierto ante la criaturas mientras suena una partitura al estilo John Williams. Aquí los dinosaurios no generan asombro: generan terror, sí, pero también comicidad. Son depredadores en el sentido animal, sin inteligencias ni astucias más allá de la supervivencia. Esta decisión tiene consecuencias, porque extirpa la transcendencia para evitar la equiparación con sus antecesoras: no se explica qué es lo que está pasando ni por qué, sólo qué es lo que provoca en el núcleo familiar.
Y aunque se pueda apelar a ciertos recursos convencionales del género, como la irresponsabilidad de los personajes como motor de los conflictos que mueven la narración, lo hace con una falta de vergüenza que desactiva la condescendencia. Los Platt no son héroes elegidos ni arquetipos de supervivencia; son ciudadanos mediocres, incultos, imperfectos, con sus irrelevantes problemas domésticos tratando de hacerlo lo mejor que pueden mientras el mundo cambia a su alrededor. Y eso, aunque pueda ser señalado como un defecto que evita el vuelo del filme es, en realidad, una virtud consciente y premeditada.
El final del barrio como fin del mundo
Sin duda, la secuencia más brillante de la película que quedará para el recuerdo es el intento de escape en el auto familiar atravesando los cuatro puntos cardinales del suburbio para no encontrar salida. La topografía diseñada como espacio seguro y confortable, como mapa urbanita del bienestar, deviene en callejón, en micromundo del que sus habitantes no pueden salir, y donde las relaciones vecinales terminan contaminándose, ya sea por exceso de cortesía o por enemistad evidente, hasta hacerse agresivas o insoportables. Quién quiera ver aquí a esos dinosaurios como trasunto de un vecindario transformado en escrutinio vecinal acechante del que no se puede escapar, acierta. Los protagonistas no han ido a ningún parque jurásico, ya viven en él. Y vincula la cinta con otras que han explorado previamente ese conflicto como la ya mencionada de Lynch, SUBURBICON o EDWARD SCISSORHANDS.
Actuaciones al servicio del caos
El elenco entiende exactamente qué película está haciendo, lo cuál es un mérito porque transitar hacia el camino trillado era muy tentador. Convery aporta esa ingenua idiotez adolescente con acierto, ayudado por su hilarante arco y flechas. Hathaway, que rubrica un año 2026 pletórico en cuanto a estrenos, ofrece una de sus actuaciones más complejas por su indefinición: no es un heroína, pero sí una madre feroz; no es astuta ni determinada, pero sí insistente; no es moralmente fuerte, pero sí coherente. Una línea de diálogo de Denise: «Solo estoy tratando de encontrar la manera menos aterradora de manejar esto», resume con honestidad tanto a su personaje como a buena parte de la película.
Un blockbuster con conciencia (y algunos dientes)
THE END OF OAK STREET es muchas cosas al mismo tiempo: la película de dinosaurios más renovadora en años, una exploración genuina de lo irresoluble de algunos conflictos familiares, una crítica al urbanismo idílico como planificación social, y una necesaria oda al sacrificio paternal que asoma entre tanto fango de teorías heteropatriarcales de tercera ola y tufo vengativo, por algo la película está dedicada al padre de Mitchell. Que Mitchell y su equipo hayan conseguido que todas estas capas coexistan sin aplastarse mutuamente es el tipo de hazaña que el cine de gran presupuesto, probablemente cerca de 100 millones de dólares, raramente logra y que, cuando ocurre, justifica por qué seguimos viendo cine.



