Cuando el cazador se convierte en héroe
Dan Trachtenberg ha demostrado ser el salvador inesperado de la franquicia Predator. Tras rescatar la saga del olvido con Prey (2022), el cineasta regresa con Predator: Badlands, una propuesta que invierte audazmente la fórmula tradicional: por primera vez, el temible Yautja no es el villano, sino el protagonista de su propia historia de redención. Es una apuesta arriesgada que, pese a sus limitaciones, confirma que esta franquicia tiene aún mucho que ofrecer.
El depredador como protagonista: un giro arriesgado
La decisión de convertir al Predator en héroe representa el mayor desafío narrativo de Badlands. Dek, un joven Yautja marginado por su clan, debe demostrar su valía cazando al temible Kalisk en el planeta Genna, conocido como «el planeta de la muerte». Trachtenberg maneja esta transición con habilidad variable: mientras los primeros actos establecen eficazmente la dinámica familiar alienígena y las motivaciones del protagonista, la ejecución posterior no siempre está a la altura de la ambición conceptual.
El guion logra humanizar (valga el término) a Dek sin traicionar la esencia letal de su especie. Sin embargo, el desarrollo de su arco narrativo se siente ocasionalmente mecánico, siguiendo demasiado de cerca los tropos del viaje del héroe sin aportar la originalidad que la premisa prometía.
Elle Fanning y el alma robótica
El verdadero corazón de la película reside en Thia, el androide de Weyland-Yutani interpretado por Elle Fanning. Reducida a un torso que Dek debe cargar, Thia se convierte en la conciencia parlante de la aventura, aportando humor e humanidad a un universo inherentemente brutal. Fanning demuestra una vez más su versatilidad actoral, dotando al personaje de una personalidad magnética que trasciende las limitaciones físicas del papel.
La química entre el silencioso Dek y la locuaz Thia funciona como el motor emocional del filme. Sus diálogos, escritos con ingenio genuino, generan algunos de los momentos más memorables de la producción. La presencia de Weyland-Yutani no es casual: conecta inteligentemente las mitologías de Predator y Alien, sugiriendo posibilidades narrativas futuras que van más allá del mero fan service.

Mundos hostiles y criaturas decepcionantes
Lamentablemente, los 105 millones de dólares de presupuesto no se traducen en la creación de un mundo verdaderamente amenazante. El planeta Genna, que debería ser un ecosistema letal digno de un Predator, resulta visualmente poco convincente. La flora y fauna diseñadas para el filme carecen de la imaginación y el detalle que caracterizaron las mejores entregas de la franquicia.
Las secuencias de acción sufren de una falta similar de inventiva. Los combates se vuelven repetitivos, y incluso el antagonista principal, el Kalisk, decepciona cuando finalmente lo conocemos. Su única ventaja narrativa parece ser una habilidad que funciona más como un truco de videojuego que como una amenaza orgánica creíble.
Trachtenberg y la resurrección de una franquicia
A pesar de sus defectos, Predator: Badlands confirma que Trachtenberg entiende lo esencial de esta franquicia: la necesidad de reinventarse sin perder su identidad. Como demostró con Prey, el director sabe que el cambio de contexto puede revitalizar fórmulas aparentemente agotadas. Su enfoque en la experimentación narrativa, aunque no siempre exitoso, es preferible al estancamiento creativo que plagó la saga durante décadas.
El cineasta muestra respeto por la mitología establecida mientras explora nuevas posibilidades. Su integración del universo Weyland-Yutani sugiere una visión más amplia para futuras entregas, una estrategia que podría beneficiar tanto a Predator como a Alien.
Entre el éxito comercial y las oportunidades perdidas
Con 185 millones de dólares recaudados mundialmente, Badlands demuestra que existe apetito por estas historias cuando están bien ejecutadas. Sin embargo, la película se siente como una oportunidad parcialmente desperdiciada. Los elementos están ahí: una premisa intrigante, una actuación carismática de Fanning, y un director que comprende la franquicia. Lo que falta es la cohesión total, esa chispa que eleve el resultado de «entretenimiento competente» a «experiencia memorable».
La película funciona mejor como idea que como ejecución, un problema recurrente en el cine de franquicias actual. No obstante, en un panorama dominado por productos inflados y sin alma, Predator: Badlands ofrece algo cada vez más raro: una propuesta que al menos intenta sorprender.
Predator: Badlands no alcanza la excelencia, pero tampoco la necesita para cumplir su propósito. Es un paso sólido en la rehabilitación de una franquicia que parecía condenada al olvido, y una promesa de que, bajo la dirección correcta, estos universos pueden seguir evolucionando. Para los seguidores de la saga, representa un entretenimiento digno. Para el resto, una curiosidad que demuestra cómo incluso las fórmulas más establecidas pueden reinventarse cuando existe la voluntad creativa para hacerlo.



