Un brillante fracaso
Marty Supreme, la nueva película de Josh Safdie tras su separación artística de su hermano Elijah, llega a las pantallas como un ejercicio de estilo que promete más de lo que entrega. Con un presupuesto de 70 millones de dólares y ya superando los 100 millones en taquilla, esta dramedia protagonizada por Timothée Chalamet ha conseguido nueve nominaciones al Oscar, incluyendo Mejor Película y Mejor Actor. Sin embargo, detrás de estos números aparentemente exitosos se esconde una obra que sufre de los mismos problemas que aquejaron a Diamantes en bruto (Uncut Gems): personajes repulsivos en situaciones repetitivas que no logran generar empatía ni interés genuino.
La herencia problemática de los hermanos Safdie
Josh Safdie continúa por el sendero trazado junto a su hermano en Diamantes en bruto, construyendo un protagonista fundamentalmente detestable. Marty, el jugador de ping-pong estafador de los años 50, sigue el mismo patrón que Howard Ratner: un narcisista compulsivo cuyas acciones generan más irritación que fascinación. La diferencia radica en que mientras la anterior mantenía cierta tensión sostenida, Marty Supreme se dispersa en una narrativa errática que carece de foco dramático.
El problema no es la construcción de personajes antipáticos, el cine está lleno de protagonistas moralmente cuestionables que resultan magnéticos, sino la creación de caracteres planos cuya única función parece ser provocar rechazo. Safdie parece confundir la complejidad moral con la simple repugnancia, creando un personaje que ni siquiera posee el magnetismo autodestructivo que podría justificar seguir su periplo.
La búsqueda infructuosa de la grandeza
El filme intenta venderse como una exploración sobre «la búsqueda de la grandeza», pero esta lectura resulta superficial. Marty no persigue la excelencia en el ping-pong; su verdadera motivación es la gratificación del ego y la autocomplacencia. Esta confusión temática debilita cualquier intento de profundidad psicológica, reduciendo la película a una sucesión de episodios donde el protagonista pasa de una situación conflictiva a otra sin crecimiento ni revelación.
La estructura episódica podría funcionar si cada segmento aportara nuevas capas al personaje o al conflicto central, pero se contenta con repetir variaciones del mismo patrón: Marty actúa de forma arrogante, genera problemas, y continúa hacia la siguiente situación sin aprender nada. Esta circularidad narrativa agota la paciencia del espectador mucho antes del desenlace.
La interpretación de Chalamet: técnica sin alma
Timothée Chalamet, favorito para el Oscar al Mejor Actor, entrega una interpretación que demuestra más ambición que logros. Su Marty oscila entre el exhibicionismo de un reality show y la provocación vacía de un troll de internet, pero raramente alcanza la profundidad emocional que el personaje requiere. Chalamet domina los gestos externos de la arrogancia y la manipulación, pero no logra transmitir las motivaciones internas que harían comprensible, si no simpático, a su personaje.
El actor brilla únicamente en su escena final, donde por primera vez parece conectar emocionalmente con el material. El resto de su interpretación se siente como actuación consciente de sí misma, una demostración de técnica que carece del magnetismo natural necesario para sostener una película de esta duración.

Anacronismos deliberados que distraen
Una de las decisiones más cuestionables de Safdie es la mezcla deliberada de elementos temporales. Ambientada en los años 50, permite que sus personajes hablen y actúen con sensibilidades completamente contemporáneas, acompañados de una banda sonora moderna. Si bien esta elección podría interpretarse como un comentario sobre la universalidad de ciertos comportamientos humanos, en la práctica resulta distractora y artificial.
Esta inconsistencia temporal impide cualquier inmersión genuina en el mundo de la película, recordando constantemente al espectador que está presenciando un constructo, un artificio. En lugar de crear un diálogo interesante entre épocas, los anacronismos generan una desconexión que agrava los problemas narrativos.
El trabajo técnico: excelencia al servicio del vacío
Visualmente, Marty Supreme mantiene los altos estándares técnicos esperados de una producción de este calibre. El director de fotografía Darius Khondji, colaborador habitual de los Safdie, entrega una cinematografía pulcra que captura tanto la textura de los años 50 como la energía frenética de las secuencias de ping-pong. Sin embargo, toda esta competencia técnica no puede disimular la vacuidad fundamental del material.
Gwyneth Paltrow, en su papel de Kay Stone, aporta momentos de autenticidad emocional que contrastan favorablemente con el exhibicionismo constante de Chalamet, pero su personaje está demasiado poco desarrollado para generar un impacto duradero.
El fenómeno crítico inexplicable, explicado
La película parece diseñada para impresionar a un público que confunde la provocación gratuita con la profundidad artística, y el exhibicionismo formal con la innovación genuina. Su popularidad entre los cinéfilos más jóvenes puede explicarse por la reputación previa de los Safdie y el carisma mediático de Chalamet, pero estos factores no compensan las deficiencias narrativas fundamentales.
Marty Supreme representa todo lo problemático del cine de autor contemporáneo: una obra que prioriza la pose sobre la sustancia, que confunde la irritación con la provocación intelectual, y que asume que la mera presencia de un protagonista detestable constituye automáticamente un comentario social profundo. Para quienes encontraron valor en Diamantes en bruto, esta secuela inconfesada ofrecerá más de lo mismo. Para el resto, se trata de un ejercicio de paciencia que no ofrece recompensas suficientes.



