Nadie puede dudar que el cine es el mejor arma publicitaria del modo de vida norteamericano. No sólo para conquistar y convencer a otras culturas sin necesidad de infantería, también para asentar los cimientos propios, normalizar nuevas costumbres y cicatrizar las heridas por donde se desangre el sueño americano.
Por poner ejemplos muy recientes podríamos decir que la nueva Star Wars, entre otras muchas cosas, es una puesta al día de la película original adaptada a nuestros tiempos de corrección política: un protagonista negro, una protagonista femenina que no es un simple objeto de deseo, Han Solo esperando a que le disparen antes de desenfundar… O que El desafío, además de una pirueta técnica en 3D, representa el comienzo de la reconciliación de los norteamericanos con la imagen icónica de las Torres Gemelas tras el atentado. O que La chica danesa normaliza a los transexuales ante los ojos del americano medio.
Pues bien, La gran apuesta viene a ser una de estas películas que sirven para explicar y asumir los errores cometidos, en este caso, los de la crisis económica causada por la burbuja inmobiliaria. Y aunque ya hay algunos títulos que han tratado este tema con acierto (Inside Job, The Company Men, Margin Call, Too Big To Fail…), la película dirigida por Adam McKay es diferente y, por tanto, valiosa.
Cartel de ‘La gran apuesta’ dirigida por
McKay, como guionista y director de la cinta, hace valer su experiencia en Saturday Night Live, el histórico programa de humor de la televisión norteamericana aplicando ese mismo afilado sentido del humor a la narración de la historia. Algo que ya ha puesto en práctica en el descacharrante guión de Ant-Man (Peyton Reed, 2015).
En La gran apuesta conocemos cómo varios profesionales de la inversión, cada uno en diversas y divertidas circunstancias, descubrieron con antelación la burbuja inmobiliaria analizando los impagos de las hipotecas e invirtieron a favor de su desplome, es decir, en contra de las entidades hipotecarias, las más sólidas del mundo. Todos los tomaron por locos, y lo estaban, porque quiénes sujetaron sus inversiones «a la contra» fueron los mismos que se desplomaron en el crack inmobiliario.
Fotos de ‘La gran apuesta’
Crítica de ‘La gran apuesta’ dirigida por
Pero la ya de por si interesante trama y caracteres que la protagonizan no es el mayor mérito de La gran apuesta. Lo es la forma irónica y subjetiva que adopta para contarlo, tomando métodos más propios del programa televisivo mencionado (actores hablando a cámara, insertos explicativos de modo cínico y cómico, juegos hilarantes de montaje…) que del cine. De este modo, podemos ver como Selena Gómez frente a una ruleta o Margot Robbie tomando un baño de espuma con una copa de champán en la mano aclaran al espectador algunos de los términos económicos más complejos que se manejan.
Este descaro narrativo y una endiablada velocidad gracias al montaje propia de películas de Billy Wilder son el verdadero logro de esta película que consigue así distanciarse de los anteriores filmes realizados sobre este tema en los que se elegía el drama para contar el estallido inmobiliario. En La gran apuesta también lo hay, porque finalmente los visionarios protagonistas salen escarmentados de los envites de su propia locura al comprobar que el capitalismo es un monstruo dispuesto a devorarse a si mismo a cambio de una comisión más, de una décima más de beneficio, de otra plusvalía… y en cuya voracidad perecen los más débiles, inconscientes y desamparados.
Un final medidamente feliz para enjuagar la boca al espectador, especialmente el estadounidense, del enorme espanto que le ha conseguido contar gracias a un inspirado reparto donde brillan Christian Bale, Steve Carell y Brad Pitt.
Tráiler de ‘La gran apuesta’ con Christian Bale, Steve Carell y Brad Pitt
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