Dirigida por Edward Berger y escrita por Peter Straughan a partir de la novela homónima de Robert Harris, la película narra cómo el Cardenal Lawrence, un hombre en crisis de fe, debe sortear las intrigas palaciegas del Vaticano mientras el Colegio Cardenalicio se reúne para elegir a un nuevo papa. El material de partida es rico, el reparto es excepcional y el director viene avalado por uno de los mejores títulos bélicos de los últimos años. Y sin embargo, CÓNCLAVE termina por condenarse a sí misma con un giro argumental tan injustificado como imperdonable.
Berger y la herencia de su cine anterior
El cineasta alemán llegó a Hollywood por la puerta grande. Su versión de Sin novedad en el frente (2022) fue una obra de envergadura técnica y emocional extraordinaria, candidata al Oscar y ganadora en categorías clave. Su manera de construir tensión sin recurrir a efectismos baratos, y su capacidad para convertir los espacios físicos en estados emocionales, generaban expectativas legítimas para CÓNCLAVE. Berger demuestra aquí que conoce el lenguaje del thriller de cámara cerrada: la puesta en escena es contenida, los silencios pesan, y la atmósfera vaticana se percibe como algo auténtico y opresivo a la vez. El problema no está en su dirección, que es precisa y honesta con el material, sino en que ese mismo material, en su tramo final, le traiciona a él antes que al espectador.
La luz de Caravaggio en manos de Fontaine
El director de fotografía Stéphane Fontaine, habitual colaborador de directores como Jacques Audiard, construye en CONCLAVE una paleta visual de extraordinaria coherencia. Su uso de la luz suave y la composición cuidadosa evoca con naturalidad la tradición pictórica del claroscuro, y en muchos momentos las imágenes recuerdan directamente a Caravaggio: figuras emergiendo de la sombra, rostros iluminados desde ángulos bajos, una teatralidad contenida que subraya la gravedad moral de cada escena. Esta fotografía no es mero ornamento; es la arquitectura dramática de la película. Junto a Fontaine, el equipo de dirección artística y diseño de vestuario realiza un trabajo igualmente riguroso al recrear la estética vaticana con una precisión que resulta casi documental.
Un reparto de cardenales de primera fila
Ralph Fiennes es el eje sobre el que gravita CÓNCLAVE, y lo sostiene con la autoridad de un actor que sabe exactamente cuánto mostrar y cuánto reservar. Su Cardenal Lawrence es un hombre agotado por la duda, incapaz de distinguir con claridad entre los que le rodean quién actúa con integridad y quién con cálculo. Fiennes construye esa ambigüedad con gestos mínimos, silencios elocuentes y una vulnerabilidad que en ningún momento resulta impostada.
A su alrededor, el reparto de apoyo funciona con una eficiencia admirable. Stanley Tucci entrega una interpretación de elegante ironía como el Cardenal Bellini, el progresista que en el fondo es tan enamorado de sí mismo como sus adversarios conservadores; hay algo en esa contradicción que Tucci maneja con una sutileza que pocos actores podrían sostener. John Lithgow, por su parte, crea un personaje cuya ambigüedad moral sobrevive a los créditos finales: su Cardenal Tremblay podría ser un mártir incomprendido o un mentiroso de alto rango, y la película nunca resuelve del todo esa duda, lo cual es, en este caso, un acierto. Y Isabella Rossellini, en un papel secundario como la Hermana Agnes, tiene la virtud de los grandes intérpretes: cada vez que aparece en pantalla, es imposible mirar a otro lado.
Giro woke y pecado mortal
Todo lo anterior llevaría a recomendar CÓNCLAVE sin mayores reservas. Pero en sus últimos diez minutos, el guion de Straughan introduce un giro argumental, (no lo olvidemos, procedente de la novela), que destruye buena parte de la credibilidad de todo lo construido con anterioridad. El pecado mortal del cine comercial contemporáneo, el giro final que deje clavado al espectador en el asiento, aquí se convierte en una trampa de cierta gratuidad que convierte la obra en la más sutil película woke que se haya rodado. Sin revelar detalles para no arruinar la experiencia a quien decida verla, basta decir que la decisión narrativa resulta tan cuestionable que casi se puede sentir como una traición al espectador que ha invertido su atención durante casi dos horas. Porque no es un giro que amplíe el significado de la historia ni que recontextualice lo visto; es un giro que existe para provocar una reacción inmediata y superficial, con la elegancia de un portazo.
El cine tiene una larga tradición de giros argumentales bien ejecutados, giros que revelan, que profundizan, que duelen de la manera correcta. Este no pertenece a esa tradición. Pertenece a la categoría del efectismo que confunde la provocación con la profundidad. Para el público creyente, en particular, la maniobra resultará difícil de asimilar no por cuestiones doctrinales, sino porque rompe el pacto dramático que la propia película había establecido. Y para el espectador no familiarizado con la cultura católica, que ya habrá tenido dificultades para orientarse en el laberinto de jerarquías y ritos que articula la trama, el remate no ofrece ninguna compensación adicional que justifique el esfuerzo previo.
Producción, recepción y contexto
CONCLAVE es una producción de Focus Features y FilmNation Entertainment con un presupuesto moderado para sus ambiciones, en torno a los 35 millones de dólares. Su estreno en Estados Unidos en octubre de 2024 la posicionó estratégicamente en la temporada de premios, y la respuesta de la crítica fue mayoritariamente favorable, algo que resulta comprensible si se considera que la mayor parte de los elementos técnicos y actorales son genuinamente notables. La película ha circulado con éxito en festivales y acumulado nominaciones en los circuitos de premiaciones, lo cual refleja bien la calidad de su primera hora y media, aunque también ilustra cómo ciertos sectores de la crítica tienden a puntuar el conjunto sobre la base de sus partes más brillantes, obviando que un final fallido no es un defecto menor sino una fractura estructural.
En términos temáticos, la película ofrece material fértil sobre la tensión entre fe e institución, entre convicción personal y poder corporativo, entre tradición y modernidad dentro de la Iglesia. Esas preguntas son legítimas y cinematográficamente interesantes. El problema es que CÓNCLAVE las abandona precisamente cuando tenía la oportunidad de resolverlas con honestidad intelectual.
Veredicto: absolución denegada
CÓNCLAVE es una película bien fotografiada, bien interpretada, bien ambientada y, durante la mayor parte de su metraje, bien dirigida. Ralph Fiennes ofrece uno de los mejores trabajos de su carrera reciente, y el resto del reparto lo secunda con altura. Pero el cine no se juzga únicamente por sus virtudes parciales, sino por la integridad del conjunto, y en ese aspecto CÓNCLAVE fracasa de manera notable. Un giro argumental en los últimos minutos puede arruinar noventa de buena película; aquí lo hace. Quienes busquen una exploración más profunda y honesta del mundo eclesiástico encontrarán en De dioses y hombres (Xavier Beauvois, 2010) o en la serie The Young Pope (Paolo Sorrentino, 2016) obras que hacen exactamente lo que CÓNCLAVE promete y no cumple. El mérito de sus artistas es real. El de la película como totalidad, no tanto.



