Hay películas que funcionan en dos velocidades. La primera es la que el espectador capta de inmediato: una tragicomedia sobre dos amigos en una isla irlandesa, uno de los cuales decide, de la noche a la mañana, que ya no quiere saber nada del otro. La segunda velocidad es más lenta, más honda, y exige detenerse a escuchar lo que retumba bajo la superficie. ALMAS EN PENA DE INISHERIN (The Banshees of Inisherin, 2022) pertenece a esa clase de obras que se ven en dos capas y se entienden del todo solo cuando se leen las dos a la vez.
Una isla que es todas las islas
El director y guionista Martin McDonagh sitúa la acción en Inisherin, isla ficticia frente a la costa oeste de Irlanda, en la primavera de 1923. La fecha no es un dato de vestuario: es la llave maestra de la película. En esos meses se estaban apagando los últimos rescoldos de la Guerra Civil irlandesa (junio de 1922–mayo de 1923), el conflicto fratricida que enfrentó a los irlandeses favorables al Tratado Anglo-Irlandés de 1921 con quienes lo rechazaban. Ese tratado había creado el Estado Libre Irlandés de mayoría católica y confirmado la existencia de Irlanda del Norte dentro del Reino Unido, de mayoría protestante. No era una guerra contra un invasor extranjero: era Irlanda contra sí misma.
El propio nombre de la isla lo dice sin disimulo. «Inisherin» proviene del irlandés Inis Éireann, que puede traducirse como «isla de Irlanda». La isla no es un escenario pintoresco elegido por sus acantilados fotogénicos, aunque los hay y son extraordinarios. Es una sinécdoque: la parte que representa al todo, el microcosmos que condensa la fractura de una nación. McDonagh, dramaturgo antes que cineasta, conoce bien el poder de los espacios cerrados como amplificadores del conflicto. Aquí la isla es una trampa de la que nadie puede escapar del todo, una comunidad tan pequeña que cualquier ruptura duele a todos.
La tragicomedia como cobertura de la tragedia
La inteligencia formal de la película reside en que McDonagh no presenta su alegoría histórica con solemnidad didáctica. La envuelve en una tragicomedia de humor ácido y personajes reconocibles: el hombre bonachón al que su mejor amigo abandona sin explicación aparente, el músico hosco que decide que prefiere componer a charlar, la hermana lectora y sensata, el joven atolondrado hijo del policía brutal. Todo parece, en su superficie, un cuento rural con tintes de absurdo beckettiano, y esa apariencia es funcional: permite que la película sea disfrutable para quien no sabe nada de la historia irlandesa y devastadora para quien sí la conoce.
El tono oscila con maestría. Hay momentos de comedia casi física, hay otros de una tristeza callada que golpea a destiempo, y hay otros donde la violencia irrumpe con una brutalidad que desarma porque el relato no la había preparado con música de aviso. Esa estructura emocional discontinua no es descuido: reproduce la lógica de un conflicto civil en el que la vida cotidiana y el horror conviven sin pedir permiso. Se oyen explosiones a lo lejos, en el continente, mientras los vecinos beben en el pub. El mundo se rompe y la cerveza sigue fría.
Dos almas, dos Irlandas
El corazón de la película late en la oposición entre sus dos protagonistas, y aquí la alegoría se vuelve más precisa y más audaz. Colin Farrell compone a Pádraic Súilleabháin con una mezcla de ternura y densidad que es uno de los trabajos interpretativos más honestos de su carrera. Pádraic es un hombre bueno en el sentido más elemental: cuida a su burra, quiere a su hermana, es leal a sus amigos, no hace daño. Representa al arquetipo del catolicismo donde la virtud se alcanza por las buenas obras externas, diarias, la de la comunidad, la de estar presente para el otro. La santidad no como iluminación individual sino como servicio concreto y cercano.
Brendan Gleeson encarna a Colm Doherty con una gravedad que no necesita alzar la voz para intimidar. Colm ha decidido que le queda poco tiempo y que ese tiempo debe dedicarse a algo que trascienda la conversación banal, algo que deje huella, algo que hable de su alma a las generaciones venideras. Es el músico, el artista, el hombre llamado a una tarea más alta. En su lógica opera una teología diferente, la protestante: la conexión directa entre el individuo y algo superior, la convicción de que hay almas elegidas para más que el simple vivir cotidiano. Es la postura del núcleo del protestantismo reformado, donde la relación con la divinidad es interior, personal e insustituible, no exterior, donde las obras externas valen menos que la certeza y fuerza interior de la elección.
La ruptura entre Pádraic y Colm no es entonces solo la historia de dos amigos que se separan: es la dramatización de dos formas irreconciliables de entender qué significa ser humano, qué otorga valor a una vida, qué debe primar cuando el tiempo escasea. McDonagh no toma partido explícito, pero la película no es neutral: muestra con más compasión el daño que la rigidez de Colm produce en quienes lo rodean, sin por ello reducirlo a simple villano. Los dos tienen razón en algo. Los dos hacen daño. Como en 1922.
La hermana que emigra, el joven que muere
Dos personajes secundarios completan la alegoría con una eficacia que podría pasar desapercibida en una primera lectura. Kerry Condon interpreta a Siobhán, la hermana de Pádraic, como el personaje más lúcido de la isla: lee, observa, aguanta, y finalmente decide marcharse al continente. Su partida podría leerse como simple búsqueda de horizontes mejores, pero en el contexto de 1923 adquiere otra dimensión. Siobhán encarna a la diáspora irlandesa, esa corriente de personas que, ante un país fracturado por conflictos que no habían pedido, optaron por construir su vida en otro lugar. Irlanda perdió en aquellos años, y en las décadas posteriores, a una parte sustancial de su población por emigración. Siobhán se va. Irlanda se queda más sola.
Barry Keoghan da vida a Dominic Kearney, el hijo del policía corrupto y violento, con una fragilidad que hace difícil mirarlo sin cierta angustia anticipatoria. Dominic es el personaje más inocente del relato y también, por eso mismo, el más vulnerable. Su destino en la película, que no corresponde revelar aquí, condensa una verdad amarga sobre los conflictos civiles: los daños más duros no siempre los sufren quienes participan en el conflicto, sino quienes simplemente tienen la mala fortuna de existir en el lugar y el momento equivocados. Dominic no tiene bando. Por eso no tiene protección.
El policía Peadar, padre de Dominic, ofrece además una de las ironías más negras de la película cuando relata entusiasmado que lo envían al continente a participar en una ejecución, para añadir con desconcertante despreocupación que ya no sabe muy bien quién ejecuta a quién. Esa línea de diálogo no es un chiste absurdo: es una descripción clínicamente precisa del caos moral de una guerra civil donde los frentes se confunden y los verdugos de ayer pueden ser las víctimas de mañana.
McDonagh y el lenguaje visual de la fractura
La película fue rodada principalmente en la isla de Achill y en las islas Aran, en la costa oeste de Irlanda, aprovechando un paisaje que el director de fotografía Ben Davis convierte en algo más que telón de fondo. Los acantilados, el mar gris, los muros de piedra seca y los caminos de tierra refuerzan la sensación de un mundo cerrado, antiguo, donde las tradiciones pesan como las piedras y el cambio llega siempre desde fuera o no llega. La paleta de colores es fría sin ser fúnebre, verde y gris con destellos de luz atlántica que hacen aún más dolorosa la belleza del entorno, como si la isla misma fuera ajena al drama humano que alberga.
La música de Carter Burwell acompaña el relato con una sobriedad que beneficia enormemente a la película. Burwell evita la tentación de subrayar emocionalmente lo que las imágenes y los intérpretes ya dicen con suficiencia, y cuando aparece la música diegética, los instrumentos de cuerda que Colm toca o compone, adquiere una función narrativa concreta: es la expresión de esa trascendencia que Colm busca y que Pádraic no comprende, el idioma en el que los dos personajes son radicalmente distintos.
El montaje de Mikkel E. G. Nielsen sostiene el ritmo de una película que se toma su tiempo sin resultar lenta, un equilibrio delicado que depende de saber cuándo dejar que un silencio respire y cuándo cortarlo antes de que se vuelva cómodo. ALMAS EN PENA DE INISHERIN no tiene prisa, pero tampoco se demora en lo que ya ha dicho.
Producción, recepción y la paradoja del éxito
La película fue producida por Searchlight Pictures con un presupuesto estimado de unos 11 millones de dólares, una cifra modesta para una producción de ambiciones tan claras, y recaudó en torno a 16 millones de dólares en taquilla mundial, una cifra que en el contexto de una película de arte y ensayo de habla inglesa con distribución limitada resulta más que respetable. Donde ALMAS EN PENA DE INISHERIN cosechó su reconocimiento más rotundo fue en los festivales y en la temporada de premios: ganó el León de Plata al Mejor Director y el Coppa Volpi al Mejor Actor (Farrell) en Venecia, y llegó a los Premios de la Academia con nueve nominaciones, lo que para una producción de esta escala y esta naturaleza representa un éxito considerable.
Hay una ironía que no debe pasarse por alto: una película sobre la incomunicación, la ruptura y la violencia entre personas que comparten raíces fue aclamada de manera casi unánime por la crítica internacional, como si el mundo exterior pudiera mirar el drama irlandés con la distancia que los propios irlandeses no se pueden permitir. McDonagh, nacido en Londres de padres irlandeses, trabaja precisamente desde esa posición intermedia: entiende Irlanda con suficiente intimidad para amarla y con suficiente distancia para diseccionarla.
Lo que el fuego no puede borrar
El desenlace de ALMAS EN PENA DE INISHERIN no resuelve nada porque los conflictos que retrata, el histórico y el personal, tampoco se resolvieron de manera limpia. Irlanda del Norte y la República de Irlanda siguieron siendo dos entidades separadas durante el resto del siglo XX, y la violencia sectaria continuó décadas después de 1923. La amistad entre Pádraic y Colm no se restaura. El daño hecho permanece. Lo que queda al final es una imagen de dos hombres mirándose desde la orilla, separados por algo que ya no tiene nombre pero que sigue siendo real.
Esa negativa a la reconciliación fácil es, quizás, el gesto más honesto de una película que podría haberse contentado con ser un entretenimiento melancólico y con buen gusto. McDonagh prefiere dejar la herida abierta porque sabe que algunas heridas no cicatrizan con un fundido en negro. ALMAS EN PENA DE INISHERIN es, en última instancia, una película sobre el coste de las rupturas que se eligen, y sobre la imposibilidad de saber, cuando se elige romper, hasta dónde llegará el daño.



