Hay algo irónico en que una película de animación digital, producida por uno de los estudios tecnológicamente más avanzados del mundo, se convierta en un alegato a favor del juego analógico. TOY STORY 5 abraza esa paradoja con la lucidez de saber que medio y mensaje no tienen por qué ir juntos. El resultado es una película imperfecta, cautelosa, pero con algún atisbo de profundidad que justifica su existencia dentro de una saga que muchos consideraban ya cerrada tras su tercera entrega.
El regreso que nadie pidió pero que muchos necesitaban
Cuando TOY STORY 3 concluyó en 2010 con Andy entregando sus juguetes a la pequeña Bonnie antes de marcharse a la universidad, la trilogía original alcanzó una clausura casi perfecta. La secuela de 2019, TOY STORY 4, reabría esa herida con éxito desigual. Que Pixar regrese ahora con una quinta entrega podría parecer el síntoma clásico de una franquicia exprimida hasta el agotamiento creativo. Pero Andrew Stanton, director de Wall·E (2008) y Buscando a Nemo (2003), y cocreador original de la saga, devuelve la historia a su hogar desactivando el escepticismo inicial. La película, coescrita con Kenna Harris, se desarrolla en el presente inmediato: un mundo donde los niños navegan entre dispositivos y los juguetes físicos se vuelven objetos de curiosidad arqueológica. Esa tensión no es un pretexto argumental, es el núcleo de toda la propuesta.
Jessie al frente: el miedo al abandono como motor narrativo
La decisión más inteligente de TOY STORY 5 es su realineación. Woody y Buzz ceden el protagonismo a Jessie, la vaquera que llegó a la saga cargando con una de sus escenas más desgarradoras: la secuencia de «When She Loved Me» en la segunda entrega, donde veíamos cómo Emily la guardaba en una caja y la olvidaba. Décadas después, esa herida sigue abierta. Joan Cusack vuelve a prestar voz a un personaje que ahora funciona como catalizador dramático con plena autonomía narrativa, y lo hace con una calidez contenida que impide que Jessie caiga en el moralismo fácil pese a sus constantes peroratas sobre los peligros de la tecnología. Cuando Bonnie, la niña de ocho años a quien pertenecen los juguetes, la deja olvidada en el coche durante una pijamada, la circularidad emocional que el guion activa es precisa y honesta. El abandono no es literal, pero duele igual.
Esa segunda cadena de abandono lleva a Jessie hasta una casa desconocida donde vive Blaze, interpretada vocalmente por Mykal-Michelle Harris, una niña de carácter libre cuya imaginación desbordante la convierte en espejo directo de lo que Bonnie podría ser si encontrara la valentía de mostrarse como es. La conexión que Jessie intenta forjar entre ambas niñas constituye el arco principal de la película y el que mejor funciona emocionalmente. Los dispositivos obsoletos que acompañan a Jessie en su odisea, el GPS hipopótamo Atlas (voz de Craig Robinson), la cámara Snappy (Shelby Rabara) y el juego de entrenamiento para el baño Smarty Pants (Conan O’Brien), aportan un contrapunto cómico eficaz sin restar peso a la trama central.
La pantalla como antagonista: tecnofobia con matices
TOY STORY 5 introduce a Lily, una tableta con forma de rana cuya voz pertenece a Greta Lee, como figura antagonista. Y aquí el guion camina por una cuerda floja con más habilidad de la esperada. Lily no es malvada: quiere conectar a Bonnie con otros niños, reducir su soledad, facilitar vínculos sociales. El problema es que lo hace ocultando quién es Bonnie realmente, sustituyendo la identidad auténtica por una versión curada y presentable. La analogía con las redes sociales es tan transparente que casi resulta didáctica, pero Stanton y Harris tienen la suficiente honestidad intelectual como para no caricaturizar a la tecnología. La conclusión que la película alcanza, la necesidad de un equilibrio entre lo digital y lo orgánico, no es revolucionaria ni tampoco debería serlo en una película familiar. Lo que sí resulta admirable es que el camino hacia esa conclusión no esté exento de ambigüedad moral.
El mayor riesgo del planteamiento es precisamente el que el propio film reconoce con cierta autoconsciencia: Jessie suena, en sus momentos menos afinados, como ese personaje que grita a las nubes por el mero placer nostálgico de hacerlo. Sus argumentos son válidos, pero su entrega los convierte en sermones. Que la película sea lo suficientemente honesta para señalar esa limitación en su propia protagonista no la resuelve del todo, pero sí la redime en parte.
Viejos amigos, nuevas preguntas a medias
El tercio de la película dedicado a Woody y Buzz constituye su zona más irregular. Tim Allen recupera a Buzz con gracia renovada: el héroe galáctico, demasiado nervioso para declararse a Jessie, subvierte los códigos del personaje masculino clásico de forma tan discreta como efectiva. Tom Hanks, en cambio, tiene menos con qué trabajar. Woody regresa de las ferias para reunir al grupo, pero los chistes sobre su aumento de peso y su calvicie incipiente permanecen en el plano del gag físico sin elevarse hacia una reflexión más sustancial sobre lo que significa envejecer siendo un juguete. Es una oportunidad perdida: la saga siempre ha encontrado en Woody a su conciencia más profunda, y aquí se le relega a función de apoyo decorativo con destellos de su antigua grandeza pero sin el espacio necesario para desarrollarlos.
La reunión del elenco clásico, con Wallace Shawn como Rex y Jeff Bergman retomando al Señor Cara de Papa, genera la calidez reconocible que los fans de la franquicia esperan, pero la película sabe que su apuesta real está en otro lugar y no se demora en señalarlo.
La animación y la puesta en escena al servicio de la emoción
Técnicamente, TOY STORY 5 es exactamente lo que cabe esperar de Pixar en su madurez industrial: una proeza de animación fotorrealista en la que cada textura, cada gradiente de luz y cada micro expresión facial están calibrados con una precisión que sigue siendo asombrosa incluso cuando el espectador ya está acostumbrado al listón que el estudio ha impuesto al género durante tres décadas. La escena de apertura, con Forky celebrando su boda con una cuchara de plástico, tiene la ligereza inventiva de los mejores cortos del estudio. Pero son las secuencias de mayor carga emocional las que demuestran que la animación de Pixar no es nunca un fin en sí mismo, sino un lenguaje al servicio de estados interiores. La película consigue al menos dos momentos que alcanzan la densidad emocional de la legendaria secuencia del incinerador de TOY STORY 3: imágenes que funcionan por acumulación, por lo que no se dice, por el peso de la historia previa que el espectador trae consigo a la sala.
La partitura musical, heredera estilística del trabajo de Randy Newman en las entregas anteriores, cumple con eficiencia sin alcanzar nuevas cotas memorables. Es funcional, cálida y absolutamente previsible, lo que en el contexto de esta saga puede interpretarse tanto como fortaleza como limitación.
El mensaje que se atreve a susurrar
TOY STORY 5 no es una película valiente. Su mensaje sobre el equilibrio entre tecnología y juego orgánico no sorprenderá a ningún adulto en la sala, y el desenlace avanza por los carriles que cualquier espectador medianamente familiarizado con el género puede anticipar. Pixar nunca iba a producir un manifiesto tecnófobo, y la película no pretende serlo. Lo que sí hace, con una sencillez que en los mejores momentos resulta genuinamente conmovedora, es recordar algo que la saturación digital tiende a sepultar: que mostrarse como uno es, con las rarezas y las pasiones poco convencionales, sigue siendo el acto más valiente disponible para un niño de ocho años. Y quizás, también, para muchos adultos que salgan de la sala pensando en lo que han dejado guardado en alguna caja.
Stanton entrega una película que funciona mejor en la memoria que en el visionado inmediato. Imperfecta en su estructura, generosa en sus intenciones, emocionalmente honesta en sus mejores escenas. No era el cierre definitivo que la saga merecía, pero tampoco es el error que muchos temían. TOY STORY 5 es, ante todo, una película que sabe por qué existe, y eso, en el panorama actual de las secuelas por inercia comercial, no es un logro menor.



