El thriller doméstico tiene una virtud particular sobre otros géneros: puede ser gloriosamente excesivo sin que nadie se lo reproche. Desde La mano que mece la cuna hasta Un pequeño favor, el subgénero lleva décadas demostrando que una mansión bien decorada, una protagonista en apuros y una anfitriona de sonrisa demasiado perfecta son ingredientes suficientes para fabricar placer culpable de primera calidad. LA ASISTENTA, la adaptación de la novela de Freida McFadden dirigida por Paul Feig, conoce esta fórmula de memoria. El problema es que no siempre decide usarla.
Producida por Hidden Pictures para Lionsgate con un presupuesto de 35 millones de dólares y el peso de un bestseller detrás, LA ASISTENTA llegó en 2025 y terminó resultando uno de los estrenos más rentables recaudando 400 millones en todo el mundo y anunciando secuela. El reparto, encabezado por Sydney Sweeney y Amanda Seyfried, también productoras ejecutivas, prometía una batalla entre divas de alto voltaje. Feig, por su parte, traía en el currículum comedias de acción como Espías y Cazafantasmas (2016), además de la ya citada Un pequeño favor, que transitó con soltura ese mismo territorio de amas de casa con secretos y estética de revista de decoración. Las condiciones estaban dadas. La película cumple a medias.
Una novela de aeropuerto en pantalla
La trama sigue a Millie (Sweeney), una joven en libertad condicional que necesita trabajo con urgencia para cumplir las condiciones de su libertad. La oportunidad llega en forma de Nina Winchester (Seyfried), una sonriente ama de casa en una enorme residencia de Long Island que necesita ayuda con su hija y con mantener impecable una casa decorada casi íntegramente en blanco. El empleo parece una salvación hasta que, al día siguiente de su llegada, Nina sufre un colapso desproporcionado por unas notas manuscritas para una reunión escolar, un episodio que solo su marido Andrew (Brandon Sklenar) logra calmar. A partir de ahí, los juegos de poder se intensifican, el marido muestra un interés que supera lo profesional y la rivalidad entre las dos mujeres avanza hacia un desenlace que el guión ha estado telegrafíando desde el primer acto.
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La guionista Rebecca Sonnenshine tiene el mérito de mantener en primer plano la dicotomía de clase que estructura la novela de McFadden y que no es otra cosa que otra revisión de La cenicienta: Millie no solo quiere el trabajo, aspira humildemente a la vida que ese trabajo representa y que se le niega, y esa ambición es lo que la hace vulnerable. El guión no pierde de vista ese eje temático incluso cuando la trama se vuelve más grotesca. Sin embargo, la primera mitad de la película funciona más como drama doméstico convencional que como thriller con nervio, y esa moderación inicial cobra un precio: cuando los giros llegan, algunos resultan predecibles y otros, directamente, generan más incredulidad que tensión. Varios momentos concebidos para provocar jadeos terminan generando risas involuntarias. No siempre es un mal síntoma en este género, pero aquí sugiere un guión que no terminó de decidir hasta dónde quería llegar.
La casa blanca como escenario del caos
Hay una inteligencia visual en la elección del espacio. La mansión de los Winchester, bañada en blancos y cremas, funciona como un lienzo sobre el que cualquier mancha, literal o metafórica, resulta inmediatamente visible. La fotografía aprovecha esta paleta para construir una atmósfera de asepsia amenazante: todo está demasiado limpio, demasiado ordenado, demasiado en su lugar. Es el tipo de hogar que transmite control total, y ese control es, precisamente, lo que está en disputa durante toda la película.
Feig y su equipo utilizan la escalera de caracol de la mansión, esa espina vertebral arquitectónica de la casa, como un recurso visual recurrente, quizás con demasiada insistencia. El detalle aparece señalado con una frecuencia que convierte lo que debería ser presagio sutil en señal de tráfico. Es una de las decisiones de puesta en escena que delata la tensión irresuelta entre un thriller que quiere ser elegante y uno que quiere ser disparatado. El montaje, por momentos irregular, refuerza esa sensación: hay cortes que interrumpen el ritmo justo cuando la tensión comenzaba a acumularse, y otros que unen escenas con una costura algo tosca.
Seyfried contra el vacío
Si LA ASISTENTA tiene un argumento irrefutable a su favor, ese es Amanda Seyfried. Su Nina Winchester es una criatura de otra película, y eso es exactamente lo que el film necesitaba: alguien que comprendiera desde el primer fotograma que esto no es un drama sino una ópera camp con pretensiones de thriller. Seyfried despliega con precisión cada recurso de la mujer fatal desestabilizada: la sonrisa que dura un segundo de más, el llanto que aparece y desaparece con velocidad de interruptor, la mirada fija que convierte una conversación cortés en interrogatorio. Es una actuación calibrada para el exceso, y funciona con una eficacia que deja en evidencia a sus compañeros de reparto.
Sweeney, en cambio, transita la mayor parte del metraje en un registro de perplejidad contenida que, en teoría, podría contrapesar la energía caótica de Seyfried, pero en la práctica resulta demasiado pasiva para generar la fricción que la historia necesita. Su Millie despierta de ese letargo solo en el tramo final, cuando el guión por fin le concede permiso para actuar con algo de agencia y descaro. El problema es que ese cambio de registro resulta abrupto: no parece una evolución de personaje sino una sustitución. Sklenar, como el marido, cumple la función decorativa que el relato le asigna sin mayor profundidad; su Andrew es conveniente para la trama pero no logra construir la ambigüedad que haría más interesante su papel de catalizador del conflicto.
Feig entre géneros
La comparación con Un pequeño favor, la anterior incursión de Feig en este territorio, resulta inevitablemente desfavorable para LA ASISTENTA. Aquella película entendió desde el principio que debía ser un juguete brillante y un poco irresponsable, y apostó por ese tono con coherencia. LA ASISTENTA, en cambio, pasa su primer acto intentando ser una cosa más seria de lo que sus materiales permiten, y cuando finalmente decide soltarse, el tiempo disponible para el disfrute ya es escaso.
CINECRÍTICO RECOMIENDA:
Un pequeño favor
Dir.: Paul Feig

Hay un momento en el último tercio en que la película encuentra por fin su frecuencia: dos mujeres con ropa de diseño, tacones de aguja y rencores acumulados, dispuestas a comportarse muy mal en una casa muy cara. Es el thriller camp que LA ASISTENTA podría haber sido durante toda su duración, y verlo apenas durante unos minutos produce esa mezcla de satisfacción y frustración propia de las películas que entregan menos de lo que prometen.
Un thriller que llega tarde a su propia fiesta
LA ASISTENTA no es una película fallida. Es, más precisamente, una película que no llega a ser lo que debería. El material base de McFadden, con sus giros de folletín y su retrato de la seducción que ejerce la riqueza sobre quien no la tiene, se presta a una adaptación más atrevida, más consciente de su propio absurdo, más dispuesta a abrazar el camp como estrategia en lugar de como accidente. Feig sabe hacer eso, y Seyfried también. Sweeney lo demuestra en los últimos minutos. El resultado es una película que funciona con entretenimiento suficiente para justificar el visionado pero que deja la persistente sensación de un potencial no aprovechado.



