OBSESIÓN, segundo largometraje del director estadounidense Curry Barker, pertenece inequívocamente al grupo de películas que absorben su época más que analizarla. Y eso es tanto su mayor virtud como su limitación más honesta.
La cotidianidad como anomalía
Bear (interpretado por Michael Johnston), es un tímido de manual, apariencia y atuendo apocados, y portador de una devoción silenciosa por su compañera de trabajo Nikki (Inde Navarrette). Con esa premisa, OBSESIÓN arranca en territorio reconocible, casi cómodo. La incomodidad llega después, y no abandona al espectador en ningún momento.
Porque cuando Bear, en un acto aparentemente inocente, desea ante un juguete de bazar que Nikki «lo ame más que a nada en el mundo», el film da un giro que desnuda algo perturbador: que ese deseo, formulado sin malicia consciente, es en el fondo profundamente egoísta. La Nikki que emerge tras ese deseo, con la mirada vidriosa, el habla entrecortada y la conducta maniaca, es una caricatura distorsionada de lo que Bear quería poseer, no de la persona real que conocía. Barker construye así una fábula de horror moral con la fantasía de ser amado sin el hedor de la convivencia. El deseo sobre la imagen que se proyecta, (ese momento de Nikki dando 20 dólares a un mendigo), frente a la realidad más mundana de la vida compartida y sus miserias.
Una fábula moral de pantalla digital
Barker, que tiene apenas 26 años y se forjó como creador de contenido en YouTube antes de pasar al largometraje, tiene el instinto de los narradores que conocen bien a su audiencia. Su película anterior, MILK & SERIAL, fue publicada directamente en su canal, y ese ADN digital impregna OBSESIÓN de una manera que ningún cineasta de formación más convencional podría replicar artificialmente. El film funciona con la lógica de uno de los episodios de Historias para no dormir, aquella serie de Narciso Ibáñez Serrador donde los protagonistas a menudo eran castigados por sus propios vicios disfrazados de deseos inocentes como fuente de moral, aunque es improbable que Barker tenga esta referencia.
La que sí es probable que le moje es la de Ari Aster, esa predilección por la emoción contrariada, por el deseo no consumado, como instrumento de tortura tanto para los personajes como para el público. Esa crueldad sistemática que no discrimina entre culpables e inocentes, son marcas que el director adopta con convicción tomadas de Hereditary o Midsommar. Los personajes secundarios de Ian (Cooper Tomlinson) y Sarah (Megan Lawless) pagan precios desproporcionados por su mera proximidad a Bear, proyectando que la obsesión no es un asunto privado, es un fenómeno de destrucción radial.
El ritmo como arma desestabilizadora
Uno de los elementos más singulares de OBSESIÓN es su montaje, que firma el propio Barker, afinado al milímetro como YouTuber y comediante de sketches. El film deliberadamente evita los sustos convencionales del terror de casa encantada para apostar por un ritmo sincopado, arrítmico, que genera una incomodidad de fondo más persistente. La película tiene el pulso de alguien que conoce el corte como lenguaje expresivo antes que como herramienta de continuidad narrativa.
Los momentos de humor negro, que al principio parecen simples válvulas de escape, van endureciéndose conforme avanza el relato hasta convertirse en algo casi cósmico en su crueldad. Es un truco de escritura tan sencillo como eficaz: hacer que el espectador se ría cuando todavía puede, para después privarle de esa opción.
Navarrette y el fantasma de Adjani
Si OBSESIÓN tiene un elemento que la eleva por encima de sus propias limitaciones temáticas, es la actuación de Inde Navarrette. Su trabajo como la Nikki poseída, con sus explosiones bipolares, sus momentos de violencia perturbadora y sus instantes de claridad desgarradora, es de una entrega que muy pocos actores de su generación estarían dispuestos a ofrecer. Cuando el personaje interrumpe sus propias espirales de locura para revelar fugazmente a la mujer atrapada en su interior, Navarrette convierte lo que podría haber sido una caricatura en algo genuinamente trágico y perturbador. Un autentico espectáculo interpretativo ayudado por una estrategia de iluminación que roza lo infartante.
CINECRÍTICO RECOMIENDA:
Possesion
dir.: Andrzej Żuławski

En este punto, recordar a Isabelle Adjani en POSSESSION (Andrzej Żuławski, 1981) no es gratuito: ambas actuaciones comparten esa disposición a habitar el descontrol con una precisión que solo puede conseguirse desde un control técnico absoluto. Es la paradoja de las grandes interpretaciones del terror: cuanto más caótico parece el exterior, más calculado está el interior. Que OBSESIÓN tenga en su centro una actuación de esa categoría es su mejor defensa contra quienes, con razón, señalen sus puntos ciegos narrativos.
El punto ciego del film que lo empobrece
Y aquí conviene ser honesto: OBSESIÓN tiene un problema estructural significativo que la frena en su profundidad, algo también comprensible porque elegir un segundo derrotero es multiplicar un presupuesto que no estaba disponible. Al contar la historia exclusivamente desde la perspectiva de Bear, Nikki, sufridora y víctima también de todo lo que ocurre, permanece en gran medida fuera de cuadro excepto en la llamada telefónica a la empresa creadora del hechizo, lo que invalida la madurez que hubiera aportado al conjunto la perspectiva de ese personaje más allá de su arrebatamiento.
Un director en construcción acelerada
Lo que resulta imposible negar es que Curry Barker es un nombre a seguir. Su trayectoria sugiere una escalada de recursos tan rápida como su propio aprendizaje: de YouTube a una distribución comercial con cortes de censura negociados, y a continuación un proyecto multimillonario con Blumhouse protagonizado por Aaron Paul, titulado ANYTHING BUT GHOSTS, además de una reimaginación de THE TEXAS CHAIN SAW MASSACRE para A24. Este último encargo no es tan sorprendente como parece: el original de 1974 era también una película capaz de capturar el espíritu turbulento de su época con los medios más elementales, y esa es exactamente la habilidad que OBSESIÓN demuestra que Barker posee.
Ahora la pregunta pertinente no es si este director tiene talento, sino si ese talento para absorber y cristalizar su época puede transferirlo a proyectos con mayor presupuesto y expectativas, o si OBSESIÓN acabará siendo recordada como una anomalía, un film que funcionó precisamente porque nadie estaba mirando todavía. Los directores que hacen su mejor trabajo cuando no tienen nada que perder son más comunes de lo que la industria quisiera admitir.
OBSESIÓN no es una película perfecta ni pretende serlo. Es sucia, incómoda, desigual y, en sus mejores momentos, genuina y asombrosamente inquietante. Y por eso merece ser vista.



