Hay películas que no necesitan gritar para conmovernos, y luego están las que nos agarran del brazo en cada escena para recordarnos que deberíamos estar llorando. PROYECTO SALVACIÓN, el nuevo trabajo del dúo formado por Phil Lord y Christopher Miller, pertenece con honesta generosidad a la segunda categoría. No es una película mala. Es, sin embargo, una película que desconfía profundamente de su propio público, y esa desconfianza le cuesta más de lo que gana.
De la novela al vacío del espacio
PROYECTO SALVACIÓN adapta la novela «Proyecto Hail Mary» de Andy Weir, autor que ya demostró en «The Martian» su habilidad para convertir la ciencia dura en entretenimiento emotivo y accesible. La historia sigue al doctor Ryland Grace, un científico caído en desgracia reconvertido en maestro de escuela, que despierta solo a bordo de una nave espacial sin recordar su nombre, su misión ni los cadáveres de sus dos compañeros que lo acompañan en silencio. Su objetivo, que irá recuperando en fragmentos, es salvar a la Tierra de una infección que está apagando al Sol. La producción, financiada por Amazon MGM Studios con un presupuesto estimado superior a los cien millones de dólares, forma parte de la apuesta de la plataforma por el blockbuster de autor, ese espacio ambiguo donde la ambición artística y la lógica industrial negocian constantemente sus términos.
Lord y Miller llegan al proyecto con un currículum que justifica cualquier expectativa. Responsables de la primera entrega de «21 Jump Street» y de la revolucionaria «Spider-Man: Un nuevo universo» (esta última como productores ejecutivos), los directores han demostrado en repetidas ocasiones que entienden cómo funciona el género popular sin rendirse a sus convenciones más perezosas. Aquí, sin embargo, algo se desajusta en el camino entre la página y la pantalla.
El héroe reticente y el problema de la soledad en pantalla
Ryan Gosling encarna a Grace con toda la calidez y el timing cómico que lo han convertido en uno de los actores más singulares de su generación. Su capacidad para la comedia física, para encontrar la humanidad en el gesto mínimo, sostiene la película durante sus momentos más endebles. Y sin embargo, PROYECTO SALVACIÓN confirma algo que su filmografía ya insinuaba: Gosling brilla de manera exponencial cuando tiene enfrente a alguien con quien reaccionar. Sus grandes trabajos, los que han definido su carrera, han sido siempre duetos. Solo, tiende a iluminar el espacio que lo rodea más que a llenarlo.
Las escenas en la Tierra, estructuradas como flashbacks que se intercalan con la odisea espacial, son con diferencia las más vivas del film. Cuando Grace interactúa con Lionel Boyce en el papel de Carl, un funcionario gubernamental inicialmente intimidante, la película respira con una comicidad natural y sin esfuerzo aparente. El contraste entre ambos actores genera más genuina calidez que cualquiera de los grandes momentos diseñados para emocionar. De manera similar, la dinámica con Eva Stratt, interpretada por Sandra Hüller, ofrece lo mejor del guion: la actriz alemana construye un personaje de una opacidad calculada, con silencios que dicen más que los monólogos explicativos que el film prodiga en exceso. Hay una escena en la que Stratt entona un karaoke de «Sign of the Times» que funciona precisamente porque Hüller ha sembrado antes suficiente contención emocional como para que ese instante de vulnerabilidad resulte revelador.
Rocky, o la amistad como lenguaje universal
El corazón narrativo de PROYECTO SALVACIÓN, y también su propuesta más arriesgada, es la relación entre Grace y Rocky, el extraterrestre al que encontrará durante su travesía y cuya voz da James Ortiz. Rocky es un ser sin rostro reconocible, un constructo de diseño digital al que Gosling debe otorgar presencia y peso emocional casi exclusivamente a través de sus propias reacciones. Y lo consigue. La habilidad del actor para entregarse a su interlocutor, para hacer que el chiste o el momento de su compañero aterrice con la máxima fuerza posible, convierte a Rocky en un personaje entrañable por contagio. La película encuentra aquí su registro más cómodo, el de una comedia de pareja improbable («buddy movie») que recuerda, con razón, a los mejores momentos de los films «Jump Street» que Lord y Miller construyeron juntos. La barrera del lenguaje, resuelta con inteligencia en la novela original y trasladada con decente inventiva a la pantalla, permite que la amistad entre ambos sea la gran tesis humanista del film: que la comunicación genuina trasciende cualquier diferencia.
La partitura que nos dice cómo sentir
El mayor defecto técnico de PROYECTO SALVACIÓN tiene nombre y apellido: la música de Daniel Pemberton. No es que la partitura sea incompetente, pues Pemberton es un compositor de oficio contrastado. El problema es la manera en que se usa, elevada hasta niveles que aplastan cualquier posibilidad de que el espectador forme su propia respuesta emocional. En cada momento de supuesto asombro o de emoción culminante, los sintetizadores y las cuerdas se precipitan sobre la imagen como instrucciones de uso. El cine de ciencia ficción que el film invoca como referencia, de «2001: Odisea del espacio» a «Interestelar», entendía que el silencio es también música, y que la distancia emocional puede generar una implicación mayor que la identificación forzada.
Esta lógica de subrayado se extiende a la estructura narrativa general. La alternancia entre presente y pasado, entre la nave y la Tierra, cumple su función expositiva con eficiencia, pero rara vez sorprende. Cada revelación llega preludiada por todo lo que la película ha sembrado un tanto torpemente en escenas anteriores. La no linealidad, que podría haber sido una herramienta de suspense real, termina siendo un mecanismo de premeditación para el espectador más que de descubrimiento.
Cuando la grandiosidad traiciona al relato
Las secuencias ambientadas en el espacio exterior son, paradójicamente, las más débiles del film. Cuando Grace y Rocky llegan a su destino, Lord y Miller despliegan un arsenal visual considerable: vapores verdes que se expanden en el vacío, planos que aspiran a la sublimidad cósmica, una banda sonora llevada al máximo volumen. El resultado es el de dos directores ansiosos por demostrar que su película está a la altura de los clásicos que citan, en lugar de confiar en que las emociones que han construido hablen por sí solas. La grandiosidad no está en el presupuesto empleado, sino en la convicción de quienes miran, y esa convicción no se puede exigir: solo se puede merecer.
El final, fiel en sus trazos generales al de la novela de Weir, concentra este problema de manera casi programática. Lo que en el papel puede sostener una resolución cargada de deseos cumplidos y explicaciones satisfactorias gracias a la complicidad silenciosa que establece la escritura con el lector, en la pantalla se vuelve una sucesión de epílogos que se apilan sin necesidad. Hay un momento, antes de que el metraje alcance su recta final, en el que la película nos tiene genuinamente en sus manos. La emoción es real, ganada y bien construida. Luego, durante los quince minutos siguientes, PROYECTO SALVACIÓN opta por seguir explicando lo que ya se ha sentido, diluyendo lo que acababa de lograr. La magia no desaparece de golpe: se va gastando en cada secuencia de más.
Lord y Miller entre el entretenimiento y la trascendencia
Lord y Miller son cineastas genuinamente talentosos que han demostrado saber subvertir las expectativas del género popular con inteligencia y humor. PROYECTO SALVACIÓN es un film que funciona en muchos de sus registros más modestos y que fracasa casi siempre que aspira a la grandeza. Es ciencia ficción correcta, con un protagonista carismático, (Gosling es también principal productor), una amistad central genuinamente conmovedora y escenas que arrancan la sonrisa y, en sus mejores instantes, algo más. Pero la película parece tan consciente de su propio peso como evento cinematográfico que termina aplastándose bajo esa consciencia.
El blockbuster que quiere ser arte y el film de autor que necesita ser blockbuster son categorías que algunos directores han sabido reconciliar con elegancia, todos tenemos nombres en la cabeza. Lord y Miller, en esta ocasión, no terminan de encontrar el punto de equilibrio. PROYECTO SALVACIÓN termina sabiendo a comida recalentada mejor de lo esperado, pero con el regusto de haber pasado por el microondas.



