Cuando un maestro del cine fantástico se enfrenta a su proyecto soñado y el resultado no está a la altura de las expectativas, la decepción adquiere dimensiones épicas. Frankenstein de Guillermo del Toro llega precedida por años de declaraciones del director mexicano sobre su pasión por el material de Mary Shelley, pero la realidad cinematográfica dista mucho de cumplir las promesas.
El peso de las expectativas
Del Toro ha construido una carrera sólida explorando los márgenes entre lo fantástico y lo humano. Desde El laberinto del fauno hasta su reciente Pinocho, el director ha demostrado una capacidad excepcional para encontrar la profundidad emocional en criaturas aparentemente monstruosas. Por ello, su aproximación a la criatura de Frankenstein parecía destinada al éxito.
La producción, financiada por Netflix con un presupuesto de 120 millones de dólares, reunió un reparto notable: Oscar Isaac como Viktor Frankenstein, Jacob Elordi como la criatura, Mia Goth como Lady Elizabeth y Christoph Waltz en un papel secundario. Sobre el papel, todos los elementos estaban alineados para crear algo memorable.
Una criatura lograda en un universo fallido
Jacob Elordi emerge como el elemento más exitoso de la producción. Su interpretación de la criatura captura tanto la ternura emocional como la turbulencia interior que define al personaje de Shelley. Su presencia física imponente añade una dimensión amenazante natural que sirve perfectamente al material.
Los efectos de maquillaje merecen reconocimiento especial. El diseño de la criatura y los diversos experimentos corporales mostrados en pantalla alcanzan un nivel de detalle e imaginación que honra la tradición de los grandes monstruos cinematográficos. Es en estos aspectos técnicos donde se aprecia el del Toro más meticuloso.
Actuaciones desiguales y un guión problemático
El mayor lastre de la película reside en Oscar Isaac como protagonista. Su interpretación de Viktor Frankenstein carece del carisma y la intensidad necesarios para sostener una narrativa de esta envergadura. Isaac, que ha demostrado habilidades en otros contextos, parece completamente desconectado del material, creando un vacío emocional en el centro de la historia.
Mia Goth, habitualmente sólida en sus elecciones, se ve limitada por un guión que no desarrolla adecuadamente su personaje. Lady Elizabeth queda reducida a una función narrativa sin la complejidad psicológica que la actriz podría haber aportado con mejor material.
El guión presenta problemas estructurales evidentes. La adaptación altera elementos clave del texto original sin proporcionar compensaciones dramáticas equivalentes. Los diálogos resultan torpes en numerosas ocasiones, y la película oscila entre momentos de melodrama operístico y secuencias que parecen dirigidas a audiencias juveniles.
La imagen apagada de un visionario
Quizás el aspecto más sorprendente del fracaso de Frankenstein sea su mediocridad visual. Del Toro, conocido por su meticulosidad estética, presenta aquí una película visualmente plana. La cinematografía de Dan Laustsen, colaborador habitual del director, carece de la riqueza cromática y el contraste que caracterizan las mejores obras de del Toro.
La comparación con Nosferatu de Robert Eggers, estrenada el año anterior, resulta inevitable y desfavorable. Eggers demostró cómo abordar material clásico con respeto visual y narrativo, creando una experiencia cinematográfica genuinamente inquietante.
Efectos digitales de bajo presupuesto en una producción millonaria
Los efectos generados por computadora, especialmente en las secuencias con animales salvajes, alcanzan niveles de calidad alarmantemente bajos. Resulta incomprensible que una producción de 120 millones de dólares, dirigida por un perfeccionista reconocido, presente elementos digitales tan poco convincentes.
Esta inconsistencia técnica contribuye a la sensación general de que la película, pese a su presupuesto considerable, parece producida con limitaciones económicas severas.
El contexto de una oportunidad perdida
En una época donde la inteligencia artificial comienza a plantear interrogantes existenciales sobre la creación y sus límites, una nueva versión de Frankenstein parecía especialmente oportuna. El tema de Shelley sobre las consecuencias de jugar a ser Dios resuena con particular fuerza en nuestro contexto tecnológico actual.
Del Toro tenía la oportunidad de crear una reflexión cinematográfica profunda sobre estos temas contemporáneos, pero la ejecución no logra trascender sus limitaciones técnicas y narrativas.
Reflexiones finales
La ironía de Frankenstein de del Toro reside en que su Pinocho animado, película anterior del director, resulta considerablemente más oscura, profunda y cinematográficamente exitosa. Aquella producción demostró que del Toro mantiene intacta su capacidad creativa cuando todos los elementos se alinean correctamente.
Esta Frankenstein representa una oportunidad perdida en múltiples niveles. No solo decepciona como entretenimiento, sino que bloquea la posibilidad de que otros cineastas talentosos aborden este material clásico en el futuro cercano. En el panorama actual de remakes de monstruos clásicos, esta versión se sitúa lamentablemente entre los intentos menos exitosos de revitalizar iconos del terror universal.



